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Mensaje por oscaramh el Lun 22 Oct - 22:23

El nazi que estafó a los venezolanos

Berlín 1945: Últimos días del Tercer Reich

En la oscura ciudad apenas alumbrada por el fúnebre crepitar de las llamas, aparecían de vez en cuando sombras espectrales; personas desesperadas buscando algo de comida para los famélicos niños que esperaban en los refugios antiaéreos construidos en 1940 por orden de Albert Speer. El implacable bombardeo aliado había dejado sin vivienda a miles de berlineses que debían apañárselas solos pues su gobierno los había abandonado. El 18 de marzo de 1945, el führer reveló con rencor y frialdad, ante sus más cercanos colaboradores, que en vista de que la guerra estaba perdida consideraba inútil mantener los elementos fundamentales para la supervivencia del pueblo.

Los que se aventuraban a salir debían hacerlo con mucho cuidado pues en toda la ciudad se combatía. Alemania estaba siendo ocupada velozmente, los británicos tenían el control en el norte y los estadounidenses avanzaban por el sur y el oeste; en un momento dado ambos ejércitos se detuvieron en una línea acordada previamente con los rusos, éstos últimos tenían el compromiso y el deseo de apoderarse del centro neurálgico del reich, la ciudad de Berlín.

El 20 de abril, Hitler recibió como regalo de cumpleaños la noticia del incontenible avance de las tropas soviéticas. Aunque sabía que todo estaba perdido insistía en impartir órdenes absurdas a su estado mayor, moviendo en el mapa a batallones que solo estaban en su imaginación. En el bunker reinaba la confusión y la histeria. Oficiales de la Wehrmacht, otrora disciplinados y austeros, ahora se abandonaban al alcohol y la francachela. A menudo se veía por los pasillos a una eufórica Eva Braun, contenta de poder demostrarle al amor de su vida que estaba realmente dispuesta a acompañarlo hasta el fin.

Los famosos lugartenientes entraban y salían del Führerbunker, la mayoría con la clara intención de despedirse y ponerse a salvo, solo dos de ellos decidieron quedarse; uno era el ministro de propaganda Goebbels que llevó incluso a la esposa y a los hijos y el otro Martin Bormann, el secretario personal de Hitler. Éste último se mostraba siempre sombrío, seguramente lamentando el giro de los acontecimientos. ¡De nada había servido toda la intriga que por años había tejido en torno a los más conspicuos colaboradores del régimen para escalar posiciones dentro del mismo! Ahora solo le quedaba el dudoso honor de morir al lado del intolerante hombre que llevó a su país a la destrucción y la ruina.

El 30 de abril, a 24 horas de estar legalmente casados, Adolf Hitler y Eva Braun se suicidan; sus cuerpos son sacados al exterior para incinerarlos, los hombres de las SS, cumplen con la última orden de su jefe entre el traqueteo de las ametralladoras y el estruendo de los obuses que disparaban las cada vez más cercanas tropas soviéticas.

El primero de mayo, las personas que quedaban en el Führerbunker acordaron enviar al general Krebs a hablar con el comandante soviético para ofrecer la rendición a cambio de que se permitiera la salida, sanos y salvos de los refugiados allí. El general Krebs quien había sido agregado militar en Moscú y hablaba ruso, estuvo negociando por espacio de nueve horas; pero los soviéticos no aceptaron la propuesta. Así que el 2 de mayo se decidió intentar la fuga hacia la zona controlada por los estadounidenses. Esa fuga previamente planificada por el general Mohnke debía hacerse en cuatro grupos; la idea era seguir por las vías del metro para en cierto punto salir a la superficie y tratar de cruzar el río Spree, límite de las tropas rusas.

En uno de los grupos iban Erich Kempka – chofer personal de Hitler -, el doctor Ludwig Stumpfegger – médico personal de Hitler – y Arthur Axmann – jefe de las juventudes hitlerianas. Esta fila iba escoltada por tanques Tiger. Cuando el grupo alcanzó el norte del río Spree, el tanque que lo acompañaba fue alcanzado por un obús. Arthur Axmann, jefe de las Juventudes Hitlerianas, quien también iba en la fila, vio salir a Kempka, Bormann y a Ludwig Stumpfegger golpeados por el impacto contra el tanque; después de otros dos intentos, Bormann, Stumpfegger, y Axmann lograron cruzar el río Spree. Cuando llegaron a la estación Lehrter, Axmann decidió seguir en la dirección contraria a la de sus dos compañeros. Sin embargo se encontró con el Ejército Rojo, lo que le hizo volver. Años después Axmann aseguró haber visto lo que parecían los cadáveres de Bormann y Stumpfegger, pero no los examinó. Esto lo dijo a sus captores que no le creyeron.

Para los comandos aliados, Martin Bormann seguía con vida; como su cadáver no fue encontrado se pensó que pudo haberse fugado de Berlín y con ayuda externa alcanzar la seguridad de algún país extranjero. En los juicios de Nuremberg, el secretario personal de Hitler fue juzgado en ausencia y condenado a morir en la horca. Por mucho tiempo circuló el rumor de que Bormann estaba oculto en algún lugar de Suramérica, se decía que podía estar residenciado en Argentina, Paraguay, Brasil o Venezuela.



Caracas 1965: Primeros años de la democracia representativa

En una reunión a puertas cerradas los detectives del distrito 7 de la Policía Técnica Judicial ultimaban los detalles del plan que debía conducir a la captura de un estafador furtivo. Se trataba de un extranjero que en los últimos años había logrado burlar la confianza de numerosos empresarios en el país. Lo poco que se sabía del hombre, por las denuncias consignadas ante diferentes distritos de la PTJ era que se trataba de un elegante alemán de modales atildados, poseedor de una vastísima cultura y con dominio de 7 idiomas.

Las señas dadas por los denunciantes lo describían como un hombre alto, de frente despejada, cejas difusas que enmarcaban unos grandes ojos azules y labios delgados. En unos casos usaba gruesas gafas de carey que lo hacían lucir mayor y en otras se presentaba peinando su escaso cabello hacia atrás.

En cada estafa que cometía usaba un nombre distinto; pero el modus operandi no variaba gran cosa, este detalle lo llevaría finalmente a la perdición. Con el objeto de convencer a los incautos el teutón se hacía pasar en algunos casos como ingeniero y en otros como ganadero, médico veterinario, perito agropecuario, comerciante o ejecutivo de renombradas empresas internacionales. Una vez que con el porte y la labia convencía a sus futuras víctimas les ofrecía la posibilidad de ganar fuertes sumas de dinero en operaciones sencillas y de poco riesgo. Les decía que dentro de poco debía hacer un viaje de negocios a Europa y que estaba dispuesto a mediar con sus buenos oficios ante alguna empresa transnacional para lograr algún buen negocio para sus “clientes”.

Para esto, por supuesto, pedía fuertes sumas de dinero. Una vez que lograba su cometido, desaparecía sin dejar rastro alguno; unas veces sencillamente cambiaba de ciudad y de nombre y otras se iba a disfrutar de lo robado en algún país vecino, en el que permanecía hasta que consideraba pasado el peligro.

De esta manera logró vivir en el boato y la comodidad por espacio de quince largos años hasta que a fuerza de repetir siempre el mismo número terminó ubicado por la policía.

El domingo 7 de noviembre de 1965, el jefe del distrito 7, el comisario Rivero Gooverg, impartía las últimas órdenes a los efectivos que lo acompañarían en el allanamiento. Para la fecha y con la ayuda de los archivos de 5 distritos a nivel nacional se sabía a ciencia cierta que el autor de todas aquellas estafas que estaban sin resolver debía ser un tal Rowitz Schidosti Heinz Moye, quien había sido denunciado recientemente por el ciudadano húngaro Janos Barabas, propietario de la joyería Petare. En este caso el alemán había cometido un gravísimo error porque a diferencia de los timos anteriores éste se le presentó mas difícil, el incauto elegido era un hueso duro de roer y no lograba convencerlo solo con labia y poses; así que decidió invitarlo a tomar unas copas en su casa. Estaba seguro que el húngaro terminaría cediendo al ver el lujo con el que se rodeaba el alemán y así fue efectivamente: el consumado estafador logró su cometido. Solo que no contó con que Janos Barabas lo denunciara tan rápido, así que cuando los detectives irrumpieron en su lujoso apartamento ubicado en el edificio Picoli de la primera avenida de Los Palos Grandes, el hombre aun se encontraba allí.

Sorprendido y confuso, el estafador fue llevado hasta la sede del Distrito 7 de la Policía Técnica Judicial en Petare para ser interrogado. Un grupo de detectives siguió en la vivienda buscando indicios y evidencias que ayudaran a corroborar la culpabilidad del detenido. El alemán se defendía como podía; negaba en todo momento ser un delincuente, a la pregunta de por qué usurpaba profesiones aseguró con terquedad que realmente era médico veterinario, solo que no había hecho la revalida en nuestro país.

A medida que avanzaba en el interrogatorio, el comisario Rivero Gooverg se convencía de que estaba frente al hombre que habían estado buscando. Éste tal Rowitz Schidosti era el famoso estafador que le había dado más de un dolor de cabeza a él y a sus colegas; pero al comisario le esperaba una sorpresa mayúscula.

En pleno interrogatorio, uno de sus hombre entró a la sala y solicitó hablarle, se trataba según le dijo de algo muy importante. Gooverg salió detrás del agente, extrañado al verlo tan excitado.

- ¿Qué es lo que pasa? – Preguntó Gooverg un tanto mosqueado pues no le gustaba que lo interrumpieran cuando interrogaba a un detenido.

- Es algo gordo, comisario, éste tipo no se llama Rowitz Schidosti, se trata nada más y nada menos que de un ex militar Nazi. Su nombre real es Charles Heinz Meyerowitz y sirvió como oficial en la Fuerza Aérea Alemana. En el apartamento ubicamos los documentos que lo acreditan como tal y como ayudante de Martin Bormann, el secretario personal de Hitler.

Antes de regresar a la sala de interrogatorios Rivero Gooverg permaneció pensativo. Este dato le daba una nueva perspectiva al caso, ya no estaba frente a un ingenioso pero vulgar estafador, ahora tenía en sus manos la posibilidad de ayudar a aclarar un misterio nacido 20 años antes: el 2 de mayo de 1945. Si lo que decían los documentos era cierto, la PTJ podía estar a un paso de atrapar a uno de los hombres más buscados del mundo. Recordemos que en 1965 Martin Bormann permanecía en la lista de prófugos del régimen nazi.

Al estar frente al alemán, Rivero Gooverg lo encaró directamente. Le dijo que ya sabían quien era: El ex oficial nazi Charles Heinz Meyerowitz. Éste no pudo disimular un gesto de contrariedad, sin embargo decidió seguir luchando con todo lo que tenía. De nuevo se ensalzó con los detectives en un obstinado ejercicio de negación.

- ¿Cómo voy a ser eso que ustedes dicen? – Alegó indignado- Yo fui enemigo de los nazis, toda mi familia fue apresada por la GESTAPO e internada en Auchwitz. Allí los perdí.

La vehemencia con la que hablaba el detenido, confundió por algunos momentos a los pesquisas, sin embargo en sus manos tenían la prueba documental. No había dudas acerca de la verdadera identidad del hombre. Luego de varias horas de inútil forcejeo verbal el preso confesó: Si, él era Charles Heinz Meyerowitz y efectivamente había estado bajo el comando de Martin Bormann. Al obtener la declaración firmada, la Policía Técnica Judicial envió un oficio a la INTERPOL que tenía como objetivo determinar si Heinz Meyerowitz se encontraba solicitado por crímenes de guerra.



En este caso cabe preguntarse una cosa: ¿Cómo era posible que Meyerowitz conservara en su poder y por tanto tiempo unos documentos tan comprometedores como aquellos? Más aún si se toma en cuenta que la forma que eligió para ganarse la vida estaba al margen de la ley. Esto pudiera tener una explicación lógica para la que necesitamos regresar a los primeros años de la posguerra.

La clave que puede explicar éste aparente descuido está en la propia llegada al país del oficial nazi.

Meyerowitz entró a Venezuela en 1950 por la ciudad de Maracaibo y allí estuvo hasta que el ritmo de su ilegal oficio le impuso la mudanza. Recordemos que en la capital del estado Zulia funcionó desde los años 30 una seccional del Partido Nacionalsocialista Alemán, por encargo directo del mariscal Hermann Goering y bajo el mando de Hans Friederich Larsen. Las Ortsgruppenfuhrer o seccionales del partido nazi en Venezuela operaron con apoyo de la embajada alemana, de empresas privadas como la Bayer y una conocida cervecera local. Su trabajo era encubierto bajo la inocente forma de un club social teutón hasta que en 1942 fueron desarticuladas y sus miembros enviados a campos de concentración ubicados en Barquisimeto y Trujillo.(Véase en éste mismo Blog La invasión Nazi a Venezuela)

Estos militantes y simpatizantes del partido nazi fueron liberados al finalizar la guerra y muchos de ellos se quedaron en Venezuela con la idea de ayudar a sus hermanos que caídos en desgracia venían en estampida desde la derrotada Alemania. Se calcula que por lo menos 5.000 nazis vinieron a parar a Suramérica, de ellos, un número importante se estableció o pasó por nuestro país. Es fácil suponer que para ayudar a tanta gente, la red que se había levantado de las ruinas de las Ortsgruppenfuhrer, necesitaba datos precisos de cada inmigrante para evitar ser infiltrados por los cazadores de nazis. En esos casos qué más efectivo que un documento que acreditara ante los paisanos la verdadera afiliación al NSDAP. Tal vez eso sea lo que llevó a Heinz Meyerowitz a conservar aquellos papeles que ahora lo ponían en aprietos.

Con su captura se reavivó la esperanza entre las víctimas del régimen hitleriano de lograr por fin información fidedigna sobre el paradero del tan odiado Bormann. Durante varios días se habló de la posibilidad de que el otrora secretario personal del führer se encontrara oculto en Venezuela. La PTJ seguía esperando información de la INTERPOL sobre la situación legal de Meyerowitz. En un momento dado tuvieron que reforzar la vigilancia pues comenzaron a recibir llamadas telefónicas hechas por grupos de hebreos que amenazaban con secuestrar al alemán.

La tan esperada respuesta de la INTERPOL nunca llegó, el órgano policial internacional luego de corroborar la imposibilidad de que Bormann estuviese en Venezuela dejo de interesarse por este oficial de rango menor. En 1965 el enemigo de las potencias occidentales no estaba en las desvencijadas huestes nazis sino en las poderosas fuerzas del comunismo internacional. Así que Charles Heinz Meyerowitz solo debía enfrentar los cargos que se derivaran de los delitos cometidos en Venezuela.

Berlín 1972: Se aclara un misterio

El 7 de diciembre de éste año, un grupo de obreros de la construcción que se encontraba realizando unas excavaciones en la Invalidenstrasse se topó con los restos de dos esqueletos que mostraban un curiosa coloración rojiza. Desde el primer momento se sospechó que pudieran ser los restos de Martin Bormann y Ludwig Stumpfegger, los tamaños de los esqueletos coincidían con los de aquellos hombres que fueron vistos por última vez justo en aquel lugar por Arthur Axmann, el jefe de las juventudes hitlerianas.

Como parte de las investigaciones, la policía interrogó en Berlín a quien fuera dentista de Bormann, el doctor Fritz Echtmann, quien reconoció las coronas que alguna vez había colocado al lugarteniente de Hitler.

En 1999 los familiares de Martin Bormann solicitaron ante las autoridades que se realizara la prueba de ADN a los restos encontrados en 1972. La prueba confirmó que efectivamente se trataba del esqueleto de Martin Bormann, destacado líder de la Alemania nazi, Jefe de la Cancillería, director del Partido Nacionalsocialista y secretario personal de Adolfo Hitler.

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Mensaje por oscaramh el Lun 22 Oct - 22:32

El nazi que murió en Barquisimeto

En la primera mitad del siglo XX el pueblo alemán debió sufrir dos terribles derrotas, una infligida en 1918 y otra en 1945, en la primera su dignidad se vio severamente lesionada en una época en la que el concepto del honor generaba altos dividendos para ciertos dirigentes políticos que vieron en el resentimiento la oportunidad de alcanzar el poder con fines revanchistas. Las severas imposiciones territoriales y económicas del tratado de Versalles y la caótica conducción de la Republica de Weimar constituyeron un excelente caldo de cultivo que permitiría llevar a los alemanes a una nueva guerra.

Con hábiles movimientos políticos y diplomáticos, salpicados de tramposas acciones, los nazis tomaron el poder, impulsaron el rearme, recuperaron territorios y se dieron a la conquista de lo que Hitler llamó el espacio vital. En los primeros años de la guerra los alemanes solo cosecharon victorias pero muy pronto las acciones darían un giro radical producto de las erráticas políticas de su líder.



Stanligrado, la batalla de Inglaterra, la expulsión del África Korps, el derrocamiento de su aliado Mussolini y Normandía fueron las cuentas de un rosario de derrotas que culminaría en abril de 1945 con la entrada en Berlín del Ejercito Rojo.

Lo que se dio luego fue una tremenda estampida de dirigentes políticos, oficiales de las SS y de la Wehrmatch, (ejercito alemán) que huyeron principalmente a Suramérica, un destino que a primera vista pudiera parecer extraño pero que en realidad resultaba el más lógico. En Suramérica existía una fuerte presencia alemana que en algunos casos databa del siglo XIX, Brasil por ejemplo contaba con una población de novecientos mil alemanes, Paraguay tenía treinta mil y Argentina doscientos mil. En Venezuela se contaba con la presencia de colonias alemanas desde 1842 cuando llegaron procedentes de la región de Kaisersthul, al suroeste de Alemania; estos inmigrantes mantuvieron en todos los casos un fuerte apego a sus tradiciones, resistiéndose a la asimilación con los naturales de nuestros países.



Se sabe incluso que existían ramas del partido Nazi; la primera de ellas fue fundada en Paraguay en 1929, es decir antes de que Hitler alcanzara el poder, los inmigrantes alemanes mantenían en nuestras ciudades escuelas con nutridas matriculas en las que se adoctrinaba a los escolares en los ideales del III Reich. Todo esto propició que al ser vencidos por los aliados muchos dirigentes nazis corrieran a refugiarse hacia nuestro territorio. El rabino Henry Sobel calcula que por lo menos unos cinco mil nazis viajaron a Suramérica. Algunos celebres, otros casi desconocidos pero todos con la idea de escapar al seguro castigo que tendrían en Europa.

Uno de estos personajes fue el ciudadano Heinz Quante quien se había desempeñado como oficial de la marina de guerra alemana, la Kriegsmarine; de su llegada a Venezuela no se tienen mayores datos, solo se le ubica en la occidental ciudad de Barquisimeto a principio de la década del 50, donde se desempeñaba como gerente en la Dougharte Cordage Mill, empresa propiedad de su paisano Hans Miller, José Marimon y Guillermo Tamayo.

Para Heinz todo marchaba viento en popa, todavía joven ingresó a la nómina de la empresa cordelera, destacándose en el ejercicio de sus labores hasta alcanzar un importante cargo, solo que con esposa y cinco hijos, la ambición lo cegó al punto de poner en riesgo la segura y cómoda posición que ya tenía y en complicidad con otros dos gerentes diseñó un plan de estafa, sencillo pero laborioso, que solo podía ser ejecutado con la fría paciencia de un alemán. Los empleados al ser autorizados por los dueños a hacer las compras de materia prima para la fabricación de cordeles procedieron a falsificar los talonarios de compras, lo que les permitía hacer una doble facturación; compraban por ejemplo el kilogramo de sisal a Bs. 0,45 y lo facturaban a 0,60 obteniendo 15 céntimos por cada kilo comprado, con este sistema y después de varios años lograron estafar a la empresa una bonita suma que pasaba de 100.000 Bolívares, toda una fortuna para la época.



Solo que como ningún crimen es perfecto, al final fueron descubiertos y denunciados en la Seguridad Nacional, organismo que asignó un equipo de detectives que pronto logró establecer el modus operandi y quienes estaban involucrados en la operación fraudulenta, en poco tiempo Heinz Quante fue impuesto del cargo de estafa agravada por los tribunales, se decidió su ingreso a la Cárcel Modelo de Barquisimeto, sitio donde purgaría condena. A los tres meses de estar allí el antiguo oficial de Hitler no aguantó la presión de lo que estaba viviendo, el hombre que había estado en el escenario de una de las más cruentas guerras de la historia de la humanidad cedía al colapso nervioso de ver su vida arruinada. El 29 de octubre de 1954 fue encontrado muerto en la celda que ocupaba. Un infarto puso punto final a la existencia de Heinz Quante

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Mensaje por oscaramh el Lun 22 Oct - 22:33

El perrocalentero que fue juez en Nuremberg

A las 2 de la madrugada del 29 de abril de 1945 un ordenanza tocaba a la puerta de la habitación que Traudl Junge, secretaria personal de Adolf Hitler, ocupaba en el bunker, su presencia era requerida con urgencia por el führer por lo que luego de lavarse rápidamente la cara bajó al estudio de este. Al llegar lo encontró muy silencioso; al verla le preguntó cortésmente si había podido descansar algo, cuando ella contestó afirmativamente Hitler le pidió que se pusiera cómoda pues tenía que dictarle un texto que llevaría cierto tiempo y necesitaba que la transcripción se realizara lo más rápido posible.

El texto en cuestión era nada más y nada menos que el testamento político del hombre cuyas ideas y acciones habían provocado toda una orgía de sangre. El resultado final fue un documento de trece páginas: En la primera parte Hitler hacía un intento de justificar lo que había hecho, en la segunda expulsaba del partido nazi a Göering y a Himmler por haber negociado con el enemigo, al tiempo que nombraba a sus sucesores en el mando. Eran sus deseos que a su muerte se constituyese un gobierno dirigido por el almirante Dönitz como presidente del Reich.




Todo esto dio origen a lo que se conocería como el Gobierno de Dönitz, una especie de opera bufa que pretendía dar continuidad al Tercer Reich luego de la muerte de Adolf Hitler. Este gobierno tuvo reuniones de gabinete hasta que Albert Speer miembro del mismo y antiguo ministro de armamento del Reich advirtió a Dönitz que solo estaban haciendo el ridículo y que lo mejor era afrontar la realidad de la derrota. El 7 de mayo de 1945 acordaron la rendición incondicional en todos los frentes.

Mientras esto ocurría las fuerzas armadas de las potencias ocupantes estaban dedicadas a la caza de los principales jerarcas nazis y de todo aquel que pudiera estar implicado en crímenes de guerra. En pocos meses había sido capturada una buena parte de esta gente y se discutía la manera de hacer justicia, unos abogaban por el fusilamiento inmediato sin formula de juicio y otros por el establecimiento de un tribunal internacional que se encargara de juzgar a los acusados, esta última propuesta fue la que prevaleció.




El 20 de noviembre de 1945 dio comienzo en el Palacio de Justicia de la derruida ciudad de Nuremberg un juicio cuyos expedientes abarcarían 4 millones de palabras, 2.630 pruebas de la fiscalía, 2.700 de la defensa y 300.000 declaraciones que fueron vertidas por 67 secretarias en cinco millones de hojas de papel. De todo esto participarían jueces, fiscales, abogados defensores, testigos y 250 corresponsales de prensa de distintos países. En aquello que parecía un enjambre de abejas estaba presente en calidad de juez, el oficial de las Reales Fuerzas Aéreas Británicas, Harold Lesser.

Lesser estuvo muy vinculado a los procesos condenatorios de Hermann Göering y Rudolf Hess y presenció la ejecución de varios de los jerarcas nazis en octubre de 1946. Casi una década después Harold Lesser se hallaba en Caracas dedicado a preparar hamburguesas y perros calientes para los clientes de La Cabaña un local ubicado en las inmediaciones de la piscina del lujoso Hotel Tamanaco.

Los sorprendidos periodistas le preguntaron la razón de tan extraño giro en su vida y el oficial inglés les respondió que lo único que deseaba era poder vivir en un país donde nadie lo conociera, un sitio en el que la gente no tuviera que ver con su pasado y donde pudiera comenzar una nueva vida alejado de los terribles recuerdos de la guerra.




-¿Y por qué vino a Venezuela? Le inquirieron

- Porque oí hablar muy bien de este país y de sus gentes y me dijeron que acá se podía ganar buen dinero.

- ¿Esta contento de estar acá?

- Más de lo que parece, en realidad nunca pensé que terminara haciendo esto como medio de subsistencia, pero prefiero mil veces estar aquí que en Europa

- ¿y eso?

- Mira, en la actualidad (1954) Alemania esta comenzando a ser de nuevo un país poderoso, los que antes eran sus enemigos ahora son sus aliados y se dan las manos escondiendo también el puñal por lo que de ningún modo me interesa estar en un lugar en el que se me conozca por las cosas que hice. Yo serví por 8 años consecutivos como oficial de la RAF y combatí durante toda la guerra, luego me incorporé como juez en los procesos de Nuremberg y Hamburgo. Escuché las declaraciones de aquellos criminales y presencié sus ejecuciones, fui testigo de cómo lloraban fingiendo estar arrepentidos.

- ¿Teme usted a los alemanes? Preguntó un periodista.

- No, más bien temo a los que ahora están entregados a negociaciones de carácter político con dicha nación por lo que no tengo interés en que se me conozca como miembro del tribunal que se encargó de condenar a los criminales de guerra de Alemania.




A continuación expresó que en ningún momento sintió compasión por aquellos hombres y que tenía la firme convicción de que recibieron un justo castigo.

- Están muy presentes en nuestros ojos y corazones las atrocidades de aquella masacre, el nazismo es un monstruo que sigue vivo. Su vigencia es un peligro para la paz de los pueblos, no solo de Europa sino del mundo entero.

- Yo presencié – dijo- el proceso de ejecución de los altos jefes del nazismo y los vi caer sin que el menor remordimiento asomara en ellos. Murieron como vivieron.

El capitán Harold Lesser aseguraba en aquella entrevista que su deficiente español no le alcanzaba para describir todas las monstruosidades que vivió en la guerra por lo que prefería no extenderse en detalles.

-Por eso y porque tengo que cuidarme- Aclaró.

Por todo eso aquel hombre prefería ser un anónimo camarero del Hotel Tamanaco, sitio donde sus días transcurrían preparando perros calientes y hamburguesas.

- Y las “hamburgueses” son las que más se venden- dijo en tono quejumbroso a los periodistas, sería porque aquel emparedado le recordaba a la ciudad de Hamburgo, lugar de dolorosas memorias.

Referencias:

HEYDECKER Joe y LEEB Johannes. El proceso de Nuremberg Barcelona Editorial Bruguera 5ta. Edición, 1965. pp 96-97

SERENY Gitta. Albert Speer el arquitecto de Hitler: Su lucha con la verdad. Barcelona Editorial Vergara 1ra. Edición, 2006. pp 609-621

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