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Mensaje por horaes el Miér 26 Ene 2011, 5:14 pm

Abro este hilo para que analicemos las Fuerzas Armadas de Tunez, y más cerca su protágonisno en esa Revolución que está sacandole la alfomra a la Sra. Hillary Clinto, Secretaria de Estado USA.


Última edición por horaes el Miér 26 Ene 2011, 5:15 pm, editado 1 vez
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Mensaje por horaes el Miér 26 Ene 2011, 5:15 pm

Washington ante la cólera del pueblo tunecino




Thierry Meyssan
Voltairenet.org


Mientras los medios occidentales celebran la «Jasmine Revolution», Thierry Meyssan revela el plan estadounidense tendiente a detener la cólera del pueblo tunecino y a conservar esa discreta base de retaguardia de la CIA y la OTAN. Para Meyssan, el fenómeno insurreccional no ha terminado y la verdadera revolución, que tanto temen los occidentales, puede estar a punto de empezar.
A las grandes potencias no les agradan los acontecimientos políticos que no pueden controlar y que obstaculizan sus planes. Los acontecimientos que han venido conmocionando Túnez desde hace un mes no son ajenos a esa regla. Todo lo contrario.
Resulta entonces bastante sorprendente que los grandes medios internacionales de difusión, fieles aliados del sistema de dominación mundial, se entusiasmen de pronto por la «revolución de jazmín» y que publiquen investigaciones y reportajes sobre la fortuna de la familia Ben Ali, a la que anteriormente no prestaban atención a pesar de su escandaloso tren de vida.
Lo que sucede es que los occidentales están tratando de recuperar terreno en una situación que se les fue de las manos y en la que ahora quieren insertarse describiéndola según sus propios deseos.
Primero que todo, es importante recordar que el régimen de Ben Ali gozaba del apoyo de Estados Unidos y de Israel, de Francia y de Italia. Considerado por Washington como un Estado de importancia menor, Túnez estaba siendo más utilizado en materia de seguridad que en el plano económico.
En 1987, un golpe de Estado derrocó al presidente Habib Bourguiba para favorecer a su ministro del Interior, Zine el-Abidine Ben Ali. Este último es un agente de la CIA entrenado en la Senior Intelligence School de Fort Holabird. Según informaciones recientes, Italia y Argelia parecen haber estado vinculadas a aquella toma del poder [1].
Desde su llegada misma al Palacio de la República, Ben Ali establece una Comisión Militar Conjunta con el Pentágono que se reúne anualmente, en mayo. Ben Ali no confía en el ejército, lo mantiene marginado y no le proporciona suficiente equipamiento, con excepción del Grupo de Fuerzas Especiales que se entrena con los militares estadounidenses y que participa en el dispositivo «antiterrorista» regional.
Los puertos de Bizerta, Sfax, Susa y Túnez se abren a los navíos de la OTAN y, en 2004, la República de Túnez se inserta en el «Dialogo mediterráneo» de la alianza atlántica.
Al no abrigar con Túnez expectativas especiales en el plano económico, Washington permite que los miembros de la familia Ben Ali exploten a fondo el país. Cualquier empresa que allí se desarrolle tiene que cederles el 50% de su capital y los dividendos correspondientes a esa tajada. Pero las cosas se ponen feas en 2009, cuando la familia que controla el país pasa de la glotonería a la avaricia y trata de chantajear también a los empresarios estadounidenses.
Por su lado, el Departamento de Estado prevé la inevitable desaparición del presidente. El dictador ha eliminado a todos sus rivales y no tiene sucesor. Se impone entonces buscarle un sustituto en caso de que fallezca. Se recluta a unas 60 personalidades capaces de desempeñar un papel político después de Ben Ali. Cada una de esas personas recibe un entrenamiento de 3 meses en Fort Bragg y posteriormente se le asigna un salario mensual [2]. Y pasa el tiempo…
Aunque el presidente Ben Ali mantiene la retórica antisionista en vigor en el mundo musulmán, Túnez ofrece diversas facilidades a la colonia judía de Palestina. Se autoriza a los israelíes descendientes de tunecinos a viajar a Túnez y a comerciar en ese país. Incluso se invita a Ariel Sharon a viajar a Túnez.
La revuelta
El 17 de diciembre de 2010, la inmolación voluntaria de un vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, quien se prendió porque la policía le había confiscado su carreta y sus productos, da paso a los primeros disturbios. La población de Sidi Bouzid se identifica con aquel drama personal y se subleva.
Los enfrentamientos se extienden a varias regiones y, posteriormente, alcanzan la capital tunecina. El sindicato UGTT y un colectivo de abogados organizan manifestaciones, sellando así –sin hacerlo a propósito– la alianza entre las clases populares y la burguesía alrededor de una organización estructurada.
El 28 de diciembre, el presidente Ben Ali trata de recuperar el control de la situación. Visita al joven Mohamed Buazizi en el hospital y se dirige esa misma noche a la nación. Pero su discurso televisivo expresa su ceguera. Ben Ali denuncia a los manifestantes como extremistas y agitadores a sueldo y anuncia una represión feroz. Lejos de calmar las cosas, su intervención convierte la revuelta popular en insurrección. El pueblo tunecino ya no denuncia solamente la injusticia social sino el poder político.
En Washington se dan cuenta de que «nuestro agente Ben Ali» ha perdido el control de la situación. En el Consejo de Seguridad Nacional, Jeffrey Feltman [3] y Colin Kahl [4] consideran que es hora de deshacerse del dictador ya desgastado y de organizar la sucesión antes de que la insurrección se convierta en una verdadera revolución, o sea antes de que ponga en tela de juicio el sistema.
Se decide entonces movilizar a los medios de difusión, en Túnez y en el mundo, para limitar la insurrección. Se trata de dirigir la atención de los tunecinos hacia los problemas sociales, la corrupción de la familia Ben Ali y la censura de prensa. Todo con tal de evitar el debate sobre las razones que llevaron a Washington a poner a Ben Ali en el poder hace 23 años y a protegerlo mientras se apoderaba de la economía nacional.
El 30 de diciembre, el canal privado Nessma TV desafía al régimen con la transmisión de reportajes sobre los disturbios y organizando un debate sobre la necesaria transición democrática. Nessma TV es propiedad del grupo italo-tunecino de Tarak Ben Ammar y Silvio Berlusconi. Los indecisos captan inmediatamente el mensaje: el régimen se tambalea.
Simultáneamente, expertos estadounidenses, así como serbios y alemanes, son enviados a Túnez para canalizar la insurrección. Son estos expertos quienes, manipulando las emociones colectivas, tratan de imponer consignas en las manifestaciones. Siguiendo la técnica de las supuestas «revoluciones» de colores, elaborada por la Albert Einstein Institution de Gene Sharp [5], estos expertos dirigen la atención hacia el dictador para así evitar cualquier debate sobre el futuro político del país. Aparece así la consigna «¡Ben Ali, lárgate!» [6].
Bajo la denominación Anonymous, el ciberescuadrón de la CIA –ya utilizado anteriormente contra Zimbabwe e Irán– hackea varios sitios web oficiales tunecinos e introduce en ellos un mensaje de amenaza en inglés.
La insurrección
Los tunecinos siguen desafiando al régimen de forma espontánea, lanzándose masivamente a las calles y quemando estaciones de policía y establecimientos pertenecientes a la familia de Ben Ali. Algunos lo pagarán incluso con su sangre. Desorientado y patético, el dictador sigue sin entender lo que sucede. El 13 de enero, Ben Ali ordena al ejército disparar contra la multitud, pero el jefe del Estado Mayor de las fuerzas terrestres se niega a hacerlo. El general Rachid Ammar, ya en contacto con el general William Ward, comandante del AfriCom, anuncia personalmente al presidente Ben Ali que Washington le ordena huir.
En Francia, el gobierno del presidente Sarkozy no ha sido prevenido de la decisión estadounidense y no ha analizado los diferentes cambios de casaca. La ministra de Relaciones Exteriores, Michele Alliot-Marie, se propone salvar al dictador enviándole consejeros en materia de orden público y equipamiento para que pueda mantenerse en el poder mediante procedimientos más limpios [7]. El viernes 14 se fleta un avión de carga. Cuando terminan en París los trámites de aduana, ya es demasiado tarde. El envío de ayuda ya no es necesario. Ben Ali ha huido.
En Washington y Tel Aviv, en París y en Roma, sus antiguos amigos le niegan el asilo. Va a parar a Riyadh (capital de Arabia Saudita), no sin haberse llevado consigo 1,5 toneladas de oro robado del Tesoro público tunecino.
Jazmín para calmar a los tunecinos
Los consejeros estadounidenses en materia de comunicación estratégica tratan entonces de dar el juego por terminado, mientras que el primer ministro saliente forma un gobierno de continuidad. Es en ese momento que las agencias de prensa lanzan la denominación de «Jasmine Revolution», ¡en inglés, por supuesto! Las agencias afirman que los tunecinos acaban de realizar su propia «revolución de color». Se instaura un gobierno de unión nacional y todo el mundo contento.
La expresión «Jasmine Revolution» deja un sabor amargo a los tunecinos más viejos: es precisamente la que utilizó la CIA durante el golpe de Estado de 1987 que puso a Ben Ali en el poder.
La prensa occidental –sobre la cual el Imperio ejerce ahora más control que sobre la tunecina– descubre entonces la fortuna mal habida de la familia Ben Ali, que hasta ahora había ignorado. Se olvida, sin embargo, del visto bueno que el director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, le había dado a los funcionarios del régimen pocos meses después de los motines que protagonizó la población hambrienta [8].
También se olvida del último informe de Transparency International que afirmaba que en Túnez había menos corrupción que en varios Estados de la Unión Europea, como Italia, Rumania y Grecia [9].
Mientras tanto, se desvanecen los grupos armados del régimen, que habían sembrado el terror entre los civiles durante los disturbios y los llevaron incluso a organizarse en comités de autodefensa.
Los tunecinos, a quienes se creía despolitizados y manejables al cabo de tantos años de dictadura, resultan sin embargo muy maduros. Rápidamente se dan cuenta de que el gobierno de Mohammed Ghannouchi no es otra cosa que «benalismo sin Ben Ali». Con algunos cambios de fachada, los caciques del partido único (RCD) conservan los ministerios más importantes. Los sindicalistas de la UGTT se niegan a sumarse a la maniobra estadounidense y renuncian a los puestos que les habían sido otorgados.
Además de los inamovibles miembros del RCD, se mantienen los dispositivos mediáticos y varios agentes de la CIA. Por obra y gracia del productor Tarak Ben Ammar (el gran jefe de Nessma TV), la realizadora Moufida Tlati se convierte en ministra de Cultura. Menos implicado en el negocio del espectáculo, pero más significativo, Ahmed Nejib Chebbi, peón de la National Endowment for Democracy (NED), se convierte en ministro de Desarrollo Regional y el oscuro Slim Amanou, un bloguero conocedor de los métodos del Albert Einstein Institute, se transforma en ministro de Juventud y Deportes a nombre del fantasmagórico Partido Pirata, vinculado al autoproclamado grupo Anonymous.
Por supuesto, la embajada de Estados Unidos no solicitó al Partido Comunista que se integrara al llamado «gobierno de unión nacional». Por el contrario, lo que hicieron fue traer de Londres, donde había obtenido el asilo político, al líder histórico del Partido del Renacimiento (Ennahda), Rached Ghannouchi.
Se trata de un islamista ex salafista que predica la compatibilidad entre el Islam y la democracia y que viene preparando desde hace tiempo un acercamiento al Partido Demócrata Progresista de su amigo Ahmed Nejib Chebbi, un socialdemócrata ex marxista. En caso de que fracase el «gobierno de unión nacional», este dúo pudiera representar una solución alternativa.
Los tunecinos se sublevan nuevamente, ampliando por su propia cuenta la consigna que se les había inculcado: «¡RCD, lárgate!». En comunas y empresas, ellos mismos expulsan a los colaboradores del régimen derrocado. ¿Hacia la revolución?
Contrariamente a lo que ha dicho la prensa occidental, la insurrección no ha terminado aún y la revolución todavía no ha comenzado. Es importante señalar que Washington no ha canalizado nada, exceptuando a los periodistas occidentales. Ahora más que en diciembre, la situación está fuera de control.

________________________________________
[1] Declaraciones del almirante Fulvio Martini, quien era por entonces jefe de los servicios secretos italianos (SISMI).
[2] Testimonio directo recogido por el autor.
[3] Asistente de la secretaria de Estado para cuestiones del Medio Oriente.
[4] Asistente adjunto del secretario de Defensa para el Medio Oriente.
[5] «La Albert Einstein Institution: no violencia según la CIA», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 4 de junio de 2007.
[6] «La technique du coup d’État coloré» en francés (La técnica del golpe de Estado), por John Laughland, Réseau Voltaire, 4 de enero de 2010.
[7] «Proposition française de soutenir la répression en Tunisie», por Michelle Alliot-Marie, Réseau Voltaire, 12 de enero de 2011.
[8] Video.
[9] «Corruption perception index 2010», Transparency International.
Fuente: http://www.voltairenet.org/article168231.html




Traducción de Hatem AK. para Corriente Roja


Para afirmar y asegurar nuestra participación en la revolución de nuestro pueblo que luchó por su derecho a la libertad y la dignidad nacional, este pueblo que dio decenas de mártires y miles de heridos y detenidos, y con el fin de completar y garantizar la victoria y contra los enemigos del interior y del exterior y aquellos que intentan secuestrar los sacrificios del pueblo, hemos constituido “El Frente 14 De Enero” como marco político para promover y asegurar la revolución hasta lograr sus objetivos y luchar y parar las fuerzas de la contrarrevolución, frente y marco que agrupa los partidos, fuerzas y organizaciones nacionales, progresistas y democráticas.
Sus objetivos y tareas urgentes son:



1. La caída del gobierno actual de Ghanouchi o cualquier gobierno que incluya a personas del anterior régimen, que hicieron las políticas antinacionales y antipopulares y sirvieron a los intereses del derrocado presidente.
2. Disolver el partido del ex presidente, y la confiscación de sus sedes, bienes, activos financieros y fondos, porque son del pueblo.
3. La formación de un gobierno de transición que exprese la confianza del pueblo, de sus fuerzas políticas progresistas y de sus organizaciones sociales, sindicales y juveniles.
4. Disolución de la cámara de representantes, de los asesores y de todas las instituciones, del consejo superior de la magistratura, el desmantelamiento de toda la estructura política del antiguo régimen, y la preparación para la elección de una asamblea constituyente para la elaboración de una nueva constitución democrática y un nuevo marco legal de la vida pública que garantice los derechos políticos, económicos y culturales del pueblo.
5. La disolución de la policía política, y promulgar una nueva política seguridad que respete los derechos humanos y las leyes.
6. Pedir responsabilidades a todos aquellos que se demuestre que, saquearon los bienes del pueblo, cometieron crímenes contra él, como la represión, encarcelamiento, la tortura y los asesinatos decidiendo, ordenando y ejecutando, así como a aquellos que se pruebe su mala conducta y mala gestión de la propiedad pública.
7. Las expropiación de los bienes de toda la familia, de las personas cercanas, del entorno y de todos los responsables políticos que utilizaron su posición para enriquecerse a costa del pueblo.
8. Asegurar y generar empleo para los desempleados y tomar medidas urgentes que garanticen las subvenciones del desempleo, la cobertura social y de salud, mejorar el poder adquisitivo del pueblo.
9. La construcción de una economía nacional al servicio del pueblo, donde los sectores vitales y estratégicos estén bajo control del estado, nacionalizar todas las empresas que han sido privatizadas, y la aplicación de una política económica y social que rompa con el enfoque capitalista liberal.
10. Lanzamiento de las libertades públicas, individuales, y especialmente la libertad de manifestación, organización, expresión, de prensa, información y creencia, la liberación de todos los detenidos y promulgar la ley de amnistía.
11. El Frente 14 enero saluda el apoyo de las masas populares y las fuerzas progresistas del mundo árabe y del mundo y les invita a continuar sosteniéndolo.
12. Rechazar la normalización de relaciones con la entidad sionista y criminizarla, apoyar los movimientos de liberación nacional del mundo árabe y del mundo.
13. El Frente llama a todas las masas populares, las fuerzas progresistas y patrióticas para continuar con las movilizaciones y la lucha mediante todas las formas legitimas, y especialmente las manifestaciones en las calles hasta lograr los objetivos propuestos.
14. El Frente saluda a todos los comités, asociaciones y organizaciones populares, y les llama a ampliar su círculo de participación en todos los asuntos públicos y de la vida diaria y cotidiana.



GLORIA A LOS MARTIRES DE LA INTIFADA Y LA VICTORIA PARA NUESTRAS MASAS POPULARES REVOLUCIONARIAS.
TUNEZ EL 20 DE ENERO 2011


Asociación de izquierda-los trabajadores
Movimiento Unionista nasseristas
Movimiento De Nacionalistas Democráticos
Nacionalistas Democráticos
Corriente Baazista
Izquierdas Independientes
Partido Comunista Obrero de Túnez
Partido Nacional de Acción Democrática





El Ejército de Túnez entra en escena y se interpone entre el Gobierno interino y el pueblo



Gara


El Ejército intervino directamente ayer en la crisis política tunecina, definiéndose como «garante de la Revolución» y asegurando que actuarán de acuerdo a la Carta Magna. Llamaron a los manifestantes a deponer las protestas para evitar que se cree un vacío de poder.
Por primera vez desde que el estallido social derrocara al sátrapa tunecino Zine al-Abidine Ben Ali, el Ejército tomó ayer la palabra para presentarse como «garante de la Revolución», prometiendo respetar la Constitución, mientras que el pueblo volvió a exigir mediante manifestaciones y huelgas la dimisión del llamado Gobierno de unidad.
«El Ejército Nacional es el garante de la Revolución. El Ejército ha protegido y protege a la gente y al país», dijo el jefe del Estado Mayor del Ejército tunecino, el general Rashid Ammar, durante una intervención improvisada en la explanada de la Kasbah, sede del poder político en Túnez.
«Somos fieles a la Constitución del país. No nos vamos a salir de este marco», destacó.
El Ejército en general, que rechazó disparar contra los manifestantes de la Revolución del Jazmín como le ordenaba el presidente derrocado, y el general Ammar en particular gozan de gran popularidad en Túnez.
El jefe militar llamó a los manifestantes, en su mayoría jóvenes procedentes de las provincias más desfavorecidas y rebeldes del centro del país a acabar con la concentración antigubernamental iniciada el domingo ante la sede del primer ministro y que ayer aún continuaba desafiando al caer la noche el toque de queda impuesto desde hace días. Tras la llegada masiva de ciudadanos, ayer eran ya cerca de 8.000 personas las que demandaban la caída del Gobierno llamado de transición.
«¡Túnez es libre, RCD fuera!», gritan los manifestantes en referencia al partido liderado por Ben Ali y todavía en el poder, que cuenta con 12 de los 19 ministros del Gobierno, la mayoría en los puestos clave.
«Vuestras demandas son legítimas. Pero me gustaría que este lugar se vaciara para que el Gobierno trabaje, este Gobierno u otro», indicó, evitando mostrar un apoyo demasiado explícito al Ejecutivo interino, pero al mismo tiempo lanzó una advertencia: «el vacío [de poder] engendra el terror, que engendra la dictadura».
«La Kasbah es la Bastilla tunecina y la vamos a desmontar, como los sans-culottes franceses tumbaron la Bastilla en 1789», gritaba otro manifestante.
En un nuevo intento por desgastar a ese Ejecutivo y dejar en evidencia su falta de capacidad para controlar la situación, el sindicato de maestros llamó el domingo a una huelga indefinida que, según dirigentes sindicales del sector, ayer tuvo un seguimiento del 90-100%.
Finalmente, el portavoz del Ejecutivo y ministro de Educación, Taieb Bacush, anunció que una inminente remodelación del Gobierno, «tal vez de aquí a mañana [por hoy]».
Fuentes políticas indicaron que los políticos tunecinos están negociando la creación de un «comité de sabios» para sustituir al actual Gobierno interino. Entre los miembros de ese grupo estaría el respetado político opositor Ahmed Mestiri.
París intenta disculpar su apoyo al dictador
El presidente francés, Nicolas Sarkozy, muy criticado por la reserva y el apoyo dado al régimen tunecino de Ben Ali incluso en el momento de la Revolución del Jazmín, admitió ayer que el Estado francés no fue «capaz de apreciar en su justa medida la desesperanza» del pueblo tunecino.
«Detrás de la emancipación de las mujeres, del esfuerzo educativo y de formación, del dinamismo económico, de la emergencia de una clase media, había una desesperanza, un sufrimiento, un sentimiento de ahogo que, debemos reconocer, no fuimos capaces de apreciar en su justa medida», señaló Sarkozy.
«Este pueblo hermano decidió tomar su destino en sus manos. Cuando se es tan próximo, no siempre tomamos la distancia necesaria para comprender los sentimientos del otro», dijo el presidente.
Agregó que «hay que hallar el equilibrio justo» en el posicionamiento francés respecto a sus ex colonias. «La potencia colonial es siempre ilegítima para pronunciarse sobre los asuntos internos de una ex colonia. Así que reivindico cierta reserva: No quiero que la postura de Francia sea asimilada con la de un país que conserva ciertos reflejos coloniales», sostuvo.


Fuente: http://www.gara.net/paperezkoa/20110125/244984/es/El-Ejercito-Tunez-entra-escena-interpone-entre-Gobierno-interino-pueblo/




Nota: Como diría el amigo Pipillo, “.....esgarra Obama.......esgarra esa espina de pescao, la tienes atravesaa en la garganta.....”; sip. TRES FRENTES abiertos de un solo COÑ..............ZO.
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Mensaje por horaes el Vie 28 Ene 2011, 3:53 pm

Segunda semana del pueblo tunecino
Obstinación y contrarrevolución

Alma Allende
Rebelión

Fotos de Ainara Makalilo


A las 9.30 de la mañana un taxista responde a nuestra pregunta sobre Mohamed Ghanoushi con un razonamiento impecable:
- ¿Sabes por qué quiero que se vaya? Porque no quiere irse. Si no quiere irse es que oculta algo. Si oculta algo, no puede ser algo bueno. Y si oculta algo malo, tiene que irse.
Doce horas después sabremos que Mohamed Ghanoushi sigue en su puesto. El nuevo gobierno de transición, del que han salido todos los antiguos miembros del RCD, incluido Friaa, el odiado ministro del Interior, mantiene en cualquier caso al presidente y al primer ministro.
Pero todavía no lo sabemos. El día en que el pueblo tunecino cumple su segunda semana de vida no nos despierta el helicóptero militar sino el repiqueteo nutrido de la lluvia. Con el corazón encogido, pensamos en colchones y mantas empapados de agua y en cuerpos ateridos de frío. La Qasba, la casa del pueblo, de pronto se ha quedado sin techo.
- La revolución no es la capital -nos dice el periodista Fahem Boukadous. -La Qasba es sólo una de las muchas expresiones de protesta; un símbolo, sin duda, porque concita la atención de los medios, pero la revolución empezó en las regiones y allí sigue muy activa. Ayer se manifestaron 80.000 personas en Sfax y hoy la ciudad ha quedado paralizada por una huelga general. En Gafsa, en Sidi Bousid, en Tela hay concentraciones y protestas.
Fahem Boukadous está contento. Es un hombre feliz. Liberado el día 19 de enero, cinco días después de la huida del dictador, ha salido a la calle en un Túnez volteado por la revolución. Llevaba seis meses en prisión, pero no era la primera vez que sufría los rigores de la dictadura. En 1999, tras pasar por las cámaras de tortura del ministerio del Interior, fue condenado a tres años de cárcel, de los que cumplió 19 meses antes de ser indultado por una “gracia” presidencial. Persecución, clandestinidad, incansable combatividad, Fahem nació en Regueb, pertenece al Partido Comunista Obrero de Túnez, dirigido por Hama Hamami, y gran parte de su actividad política ha estado centrada en el periodismo militante. Fue el primero que, en 1998, denunció las actividades mafiosas de las cinco familias que dominaban el país. En 2003, instalado en Gafsa, se convirtió en corresponsal de Al-Badil y tres años más tarde en responsable de la emisión tunecina de Al-Hiwar-TV, un canal vía satélite. En 2008, cuando estallan las revueltas en la cuenca minera de Gafsa, ensayo general de la actual revolución, este medio precario, pero inalcanzable para el gobierno, se convierte en el centro radial de las imágenes de las protestas. Fahem Boukadous, desde esa posición privilegiada, catalizó el malestar de los jóvenes de la región, proporcionándoles un medio de expresión y convirtiéndose por tanto en una amenaza para la dictadura.
- Es lo que yo he llamado “medios populares” -dice. - Cientos de jóvenes, a los que parientes emigrados habían regalado una cámara, se convirtieron en periodistas. Yo sólo tenía que reunir esas imágenes y hacerlas circular.
Las revueltas de la cuenca minera, de las que sólo se ocupó Al-Hiwar-TV, pusieron a prueba un régimen dentro del cual había ya fisuras y forcejeos. En junio de 2008, tras meses de protestas, Ben Alí decidió extirpar de raíz el movimiento. Redeyev fue tomada por 4.000 policías que asaltaron y saquearon las casas, rompieron los muebles, pegaron a las mujeres. Hubo dos muertos. La ciudad, en un anticipo de lo que ocurriría dos años después en todo el país, fue parcialmente ocupada por el ejército.
- En Redeyev el movimiento estuvo dirigido por sindicalistas y militantes, pero en los otros pueblos de la cuenca minera fueron los propios jóvenes los que se organizaron y coordinaron las protestas.
En enero de 2010, en un juicio que duró cinco minutos, Fahem Boukadous fue condenado a 4 años. Tras negarse a pedir perdón al dictador y pasar por el hospital, de donde la policía trata de llevárselo dos veces, ingresa finalmente en prisión el 15 de julio de 2010. Allí escribe sin parar; prepara un libro sobre las revueltas de Gafsa. Entra en contacto con los presos comunes y trata de formarlos políticamente, lo que provoca la intervención del director del penal. Gracias a la solidaridad de uno de los médicos, recibe informaciones de la muerte de Mohamed Bouazizi y de las reacciones populares que desencadena, cuya velocísima expansión aún le maravilla.
Sobre la relación que existe entre las revuelta de 2008 y la revolución de 2011, Fahem Boukadus insiste en tres puntos:
El primero es la lección de resistencia de los habitantes de Redeyev y de toda la cuenca minera, que se acumula en la memoria colectiva del país.
El segundo es la participación en el movimiento de 2008 de los diplomados en paro, una de las fuerzas hoy protagonistas en el proceso revolucionario.
El tercero es la importancia de los “medios populares”. Al-Hiwar-TV y los CD caseros han sido sustituidos por Facebook, a través del cual se ha roto la mordaza de la censura.
- ¿Por qué el movimiento de Redeyev fue derrotado y el de Sidi Bousid, en cambio, se extendió de ciudad en ciudad hasta alcanzar la capital? Ese es precisamente el elemento de contingencia que ningún análisis histórico puede adelantar o explicar.
Fahem Boukadous no cree que haya habido ninguna intervención de EEUU para facilitar la caída del dictador. La revolución ha cogido con el pie cambiado a las grandes potencias y si naturalmente ahora maniobran en busca de “estabilidad”, está seguro de que no podrán detener el proceso de cambios.
- El régimen sigue ahí, no sólo dentro de la policía y el aparato del Estado sino también en los medios de comunicación y en Internet -dice. - Hay que aprovechar el momento para crear nuevos medios y nuevos formatos. También hay que establecer una coalición entre periodistas tunecinos y extranjeros porque necesitamos experiencia y formación.
Hay que ir a los pueblos, dice Fahem, y es verdad. No obsesionarse con la Qasba, y es verdad. Pero la Qasba tiene estos días un poder de absorción casi alucinógeno. No puede haber una plaza más hermosa en todo el mundo ni una situación más anómala. Tampoco una emoción extra-corporal más fluida ni imprevisible. Porque ocurre hoy que la lluvia, en lugar de dispersar a la gente, la ha multiplicado, como si fuesen de hierba y no de carne. Tan grande es la multitud que durante unas horas el ejército cierra los accesos y sólo podemos entrar con el conjuro del periodismo. Pocos minutos antes de nuestra llegada -nos cuenta Aisa, el hermano de Che Guevara- un alto funcionario del ministerio de Defensa, rodeado de soldados, se ha dirigido a los concentrados a través de un altavoz, asegurándoles que ya se habían tomado medidas para proporcionar trabajo a todo el mundo y rogándoles que abandonasen la plaza. La respuesta unánime ha sido un vocerío de “degage”, “degage”, “degage”. Lo que ocurre como excepción es un milagro; pero lo que ocurre una vez más contra todas las previsiones también lo es. Hay algo casi sobrenatural ya en esta obstinación que ignora el frío, las provocaciones, las agresiones, y que se mantiene tranquila, festiva, gritona, por quinto día consecutivo. Aisa teme una intervención del ejército para desalojarlos, pero lo cierto es que el ambiente ha cambiado de nuevo y la electricidad del día anterior se ha extinguido bajo el aguacero.
A Salem Hiyri, hombre de Nabeul de 60 años, tuvieron que hospitalizarlo tras las agresiones de los sicarios armados que sembraron el terror la noche anterior. Hoy está sereno y determinado:
- Tienen la policía, el dinero, el poder, pero nosotros tenemos la fuerza del pueblo y nuestra cultura superior.
El hecho de estar todos juntos reúne los razonamientos y singulariza las conductas.
Un grupito ha iniciado una huelga al mismo tiempo de hambre y de silencio.
Otro exhibe carteles de solidaridad con el pueblo egipcio, que imita al tunecino en El Cairo y en Ismaeliya, y eso hasta el punto de utilizar (como vemos luego en la televisión de un café) sus mismas consignas: “degage” y “as-shaab iuridu isqt al hukuma” (“el pueblo quiere derrocar al gobierno”).
Cuando la lluvia arrecia se tiende un enorme techo de plástico sobre las miles de cabezas, porque la plaza del pueblo es, como los coches de lujo, descapotable.
Tariq y Maki, dos estudiantes de informática que viven en Túnez capital, se sienten orgullosísimos cuando les decimos que el pueblo tunecino está mucho más desarrollado que el español o el italiano. Y se burlan con ingenio de la pretensión del gobierno de que los bárbaros civilizadores congregados en la plaza “vuelvan al trabajo”.
- ¡Pero si están en paro! Hay que agradecerles lo que hacen. Los otros trabajan y ellos se rebelan. Eso se llama división del trabajo.
Pero lo que más nos impresiona hoy es Hodé, una mujer pequeña, flaca, nerviosa, que no deja de hablar mimando con manitas elocuentes la historia de la batalla eterna contra la injusticia. Tiene 38 años, limpia casas y gana 150 dinares al mes (75 euros). Separada del marido, se ocupa ella sola de un hijo de 8 años al que ha dejado en casa de unas vecinas para poder pasar la noche en la Qasba. Se ha subido a un poyete para no estar por debajo de nosotros y se expresa con una precisión de cuchilla, con la pasión de una enamorada. Sus ojos relampaguean con la pureza fanática de los personajes de Dostoievsky. Cuenta una larga historia de humillaciones y no se siente humillada; de dolores y no pide compasión; de ignorancia y reclama su derecho a hablar y a que la escuchen. No cabe duda, al oírla, de que su hijo está bien protegido entre sus manos. Y, como tantos de los que se encuentran en esta plaza, no conoce ni una palabra de francés.
- Soy una ciudadana -¡una ciudadana!- lo mismo que tú. No he leído ni estudiado, pero tengo cerebro y ojos y sé contar lo que pienso y lo que veo. Quiero derecho, no dinero. Quiero mis derechos. No tengo miedo de nada ni de nadie; no me doblego ante ningún ser humano y los ministros son seres humanos como yo. Es a nosotros, y no a los ministros, a los que tenéis que escuchar los periodistas. Porque ellos sólo tienen palabras, que son falsas, mientras que nosotros tenemos el cerebro y los ojos. ¿Está claro?
Clarísimo. Los valientes tunecinos han demostrado estos días que su bandera es una llama y su himno una Marsellesa. Esta mujer demuestra que el despreciado dialecto tunecino es una lengua. Y ha llegado quizás la hora de devolverle su dignidad junto a la de sus hablantes.
Fahem Boukadous, que había anticipado los cambios en el gobierno anunciados por Ghanoushi esta noche, se equivocaba sin embargo al garantizar el rechazo de la UGGT al nuevo gabinete. No participa de él, pero le reconoce legitimidad. Sin duda esa decisión voltea nuevamente la situación. La potencia de la UGTT ha permitido en estos días mantener la presión sobre el gobierno mediante huelgas y concentraciones; ahora este acuerdo aisla las protestas populares y las vuelve vulnerables. Como escribía Fathi Chamkhi a media tarde: “si esta nueva versión del Gobierno de Unidad Nacional se acepta mañana, se podría decir que el tira y afloje que dura desde el 15 de enero entre el campo revolucionario y el de la contrarrevolución, ha sido momentáneamente ganado por este último”. Es exactamente lo que ha ocurrido.
Los tunecinos empujaron y empujaron y Ben Alí los llamó “terroristas”. Y empujaron y empujaron y Ben Alí prometió retirarse en 2014. Y empujaron y empujaron y Ben Alí prometió elecciones en seis meses y levantó la censura. Y empujaron y empujaron y Ben Alí huyó del país. Y empujaron y empujaron y tumbaron el primer gobierno de coalición. ¿Seguirán empujando los tunecinos ahora que saben que empujar y empujar no es inútil?
Tras el anuncio del nuevo gobierno por televisión, llamamos a nuestros amigos en la Qasba para conocer su reacción. Tras un instante de alegría y luego de desconcierto, nos dicen, se ha restablecido la normalidad; es decir, la obstinación. No hace falta que lo digan. A través del teléfono nos llegan los gritos: “degage”, “degage”, “degage”.
Mañana será el primer día del nuevo gobierno y el decimoquinto del pueblo tunecino.

Libertad de prensa

Obstinación

La plaza más hermosa del mundo

Niña y bandera

El pueblo descapotable

Sujetando el cielo

Si los gobiernos callan, las paredes hablan



Desde el 4 de enero de 2011, día de la muerte del joven Mohamed Bouazizi, que se suicidó prendiéndose fuego el 17 de diciembre de 2010 en Sidi Bouzid, Le Monde diplomatique decidió enviar a un periodista a Túnez. Del jueves 6 de enero al jueves 13 de enero ha surcado el país, de la capital a Tozeur, de Metlaoui a Gafsa, de Sidi Bouzid a Sfax y después a Sousse. Su artículo aparecerá en nuestro dossier del número de febrero, dedicado a los resortes de la revolución tunecina y a la onda expansiva que ha causado en los países árabes. Mientras tanto, aquí va el relato día a día de una semana que ya forma parte de la historia moderna de Túnez.
I. Crecimiento de la ira social
Jueves, 6 de enero.
Túnez. El silencio de los medios de comunicación.
10:15 h., aeropuerto de Túnez-Cartago. Me registro como «turista» y me declaro «profesor». La policía de fronteras no pone ningún impedimento. Destino solicitado: «Tozeur, hotel Ksar El Jerid», en el centro de la gran ciudad turística situada a 600 kilómetros de la capital, en el sureste del país, muy cerca de la frontera argelina. La víspera, el miércoles 5 de enero, el cuerpo de Mohamed Bouazizi, el joven bachiller que se prendió fuego el 17 de diciembre de 2010, fue enterrado al norte de la ciudad de Sidi Bouzid, en el centro del país, a 250 kilómetros al sur de la capital, ante una multitud rebelde e indignada de seis mil personas.

Todos conocen ya su nombre y las circunstancias de su muerte. Abofeteado en público por un agente de policía que le confiscó su carrito de vendedor ambulante de frutas y verduras, Mohamed Bouazizi acudió al ayuntamiento para quejarse. Se negaron a recibirle. Nadie quiso escucharle. El joven se fue y después volvió ante el edificio, se roció con gasolina y se inmoló en la plaza pública. Le llevaron al hospital de Gafsa y después a Túnez. El 28 de diciembre de 2010, una foto de propaganda oficial que presentaba al presidente Bel Alí a la cabecera de su cama en el hospital empezó a circular por los periódicos e Internet. El presidente tomó por primera vez la palabra en la televisión hablando de «instrumentalización política» del suceso. El 4 de enero Bouazizi fallecía en el hospital como consecuencia de sus heridas.
Dos días después, el jueves 6 de febrero, ya nadie duda de que el acto desesperado de este joven de 26 años será el detonante de la mayor revuelta popular de la historia moderna de Túnez. De momento el centro de Túnez está calmado y sereno, la temperatura suave (20º) y los grupos de turistas aprovechan para disfrutar de un aperitivo de la primavera. Los autobuses de los tour-operadores se preparan para dirigirse a La Marsa, a Cartago, o para tomar la autovía que conduce a Hamammet, Sousse y Monastir, las grandes ciudades balnearios de la costa del Sahel.
Final de la mañana, un kiosco de prensa en la esquina de la larga y famosa avenida Bourguiba. Ninguno de los cinco títulos en lengua francesa –Le Temps, La Presse, Le Renouveau, Le Quotidien y Tunis l’Hebdo- habla de la historia de Mohamed Bouazizi ni de los primeros levantamientos que se multiplicaron entre el 19 y el 24 de diciembre en las ciudades vecinas de Sidi Bouzid. Las «primeras» de los cuatro periódicos, así como las de los periódicos en lengua árabe, están dedicadas invariablemente a las medidas de aplicación del programa de «desarrollo regional» decidido el 15 de diciembre por el presidente Ben Alí.


Hamammet, Monastir, Sousse, Sfax: la autovía bordea el Mediterráneo a lo largo de casi 300 kilómetros en el este del país. Cuatro horas de coche durante las cuales ninguna emisora de radio habla en ningún momento del caso de Bouazizi. Música, deportes y asuntos de sociedad forman el programa de las quince emisoras que salpican las ondas. Silencio en los medios oficiales, por lo tanto. Y así será durante seis días, hasta el martes 12 de enero. Cerca de Sousse, una gasolinera. La cafetería está animada, llena de familias tunecinas y de turistas. Una joven pareja tunecina, de pie, toma bocadillos. Sólo con oír el nombre de «Sidi Bouzid», el marido hace una seña a su mujer de que es hora de salir… Nadie se atreve a hablar de los sucesos que sin embargo comenzaron en el país hace ya más de dos semanas.
Menzel Bouzaiene,
«En Argelia, por fin, los jóvenes se atreven a rebelarse»
Por la tarde. Un sol bajo dora los campos y las fachadas de las casas de la pequeña ciudad de Menzel Bouzaiene, a unos cien kilómetros al oeste de Sfax. Un ferrocarril de vía estrecha hace la ruta transversal que une Sfax con Gafsa, en el sur de Túnez, al norte de los lagos salados El Fedjej y El Jérid. Breve parada a la orilla de la carretera en el mesón de Mehdi, un tunecino de unos treinta años. No habla francés, pero domina el italiano. «Una estancia de dos años en Génova», explica, encantado de poder hablar esa lengua. No hay ningún cliente en su establecimiento. Es el primero que acepta, por fin, hablar del suicidio de Bouazizi.

El punto de venta de gasolina vacío
«Usted está aquí, en la gobernación de Sidi Bouzid», me indica. «La ciudad de Sidi Bouzid está apenas a 40 kilómetros, al norte. Su gesto nos concierne a todos. Todavía hay mucha tensión allí. Las familias están encolerizadas. Han detenido a muchos jóvenes». Se aproxima y baja la voz haciéndose más preciso: «Desde el 19 de diciembre, las ciudades de la región han reaccionado, ha habido muchos arrestos. El 24 de diciembre, antes de la muerte de Mohamed, ya hubo, aquí mismo, enfrentamientos con la policía. Muchos jóvenes se reunieron cerca de la comisaría y la policía disparó munición real. ¡Dos muertos! Tengo una decena de amigos en prisión». Dos muertos el 24 de diciembre de 2010. Seguramente las primeras víctimas de una larga serie.
Detrás de Mehdi un cartel pegado en el muro es un retrato de Ben Alí con la bandera de Túnez. El hermano mayor de Mehdi entra de repente cargado con carne de cordero. Ambos se afanan preparando la barbacoa para la noche. «Es imposible ir a Sidi Bouzid», dice el recién llegado. «La policía acordonó la ciudad. Es peligroso ir allí. Pero se calmará. Sin embargo, ¿Ha visto? ¡Se caldea el ambiente en Argelia!». Mahdi toma el mando a distancia y conecta la televisión en la cadena Al-Yazira.
Imágenes de enfrentamientos, lanzamientos de piedras, violentas cargas policiales. En la pantalla ¡Argel parece Gaza! «Ahí, al menos, los jóvenes no tienen miedo de rebelarse por fin», dice amargamente el hermano de Mehdi. Dos hombres con abrigos de lana oscuros acaban de sentarse a una mesa fuera. Mehdi cambia rápidamente de canal. Ahora un cantante egipcio interpreta su balada amorosa. Mehdi ha tenido tiempo de hacerme una seña discreta. Dos policías vestidos de paisano…
Viernes, 7 de enero
Tozeur,
«Riesgo de sublevación en todos los barrios pobres»
El hotel está lleno de turistas italianos en vacaciones escolares. En la ciudad los numerosos puestos del bazar están abiertos hasta tarde. Es aquí, en Tozeur, donde nació en los años 90 la denominación de «gazelle» reservada a las jovencitas extranjeras que venían a disfrutar de las piscinas y de la proximidad del desierto. En la terraza del café Le National cinco hombres entre 40 y 60 años están sentados en torno a sus capuchinos, esos expresos cortados con leche. Animados, hablan en árabe de los disturbios. Cuando me acerco la desconfianza interrumpe su conversación.
Presentaciones. Les explico que soy «un profesor francés de vacaciones, sindicalista en Francia». La mayoría de ellos también son profesores y miembros de la rama «Profesores de Secundaria» de la Unión General de Trabajadores de Túnez (UGTT). Rápidamente se sueltan las lenguas y se pronuncian los nombres de Mohamed Bouazizi y Sidi Bouzid. «Ayer los abogados hicieron una huelga general en Túnez y en otras ciudades», precisa uno de ellos, un profesor jubilado. Su vecino continúa: «Esta noche hubo enfrentamientos violentos en Thala y Saida, en el centro del país. Varios muertos…»
El más joven de mis interlocutores me propone entrevistarme con una figura local responsable de la UGTT. Telefonea con su móvil. Veinte minutos después me encuentro con Hamdi, delegado local y miembro del comité ejecutivo en el buró regional. De unos sesenta años, los cabellos tan blancos como su bigote, Hamdi me recibe en los locales del sindicato, a doscientos metros del edificio de la gobernación de Tozeur. En un francés perfecto me explica: «No hay ninguna ‘instrumentalización política’ como declaró el presidente el 28 de diciembre. Sidi Bouzid, Thala, Saida, es simplemente el hartazgo de los jóvenes frente al desempleo que gangrena este país».
Hamdi se ausenta diez minutos. Quiere mostrarme un documento sobre la región de Sidi Bouzid. En las paredes de su oficina presiden los retratos en blanco y negro de los dirigentes históricos de la UGTT desde su creación en 1947. A su regreso, el dirigente sindical me presenta un delgado informe realizado por el sindicato, redactado en árabe y titulado «Desarrollo económico en Sidi Bouzid: entre mito y realidad, agosto de 2010». Lo hojeamos juntos. Hamdi traduce. «Casi el 50% de desempleo entre los jóvenes licenciados en Sidi Bouzid», indica. «Y es lo mismo en todo el centro, el oeste y el sur del país. En realidad las únicas regiones que se salvan son las zonas turísticas: Tozeur y la costa del sahel (…) La tasa de escolarización hasta la selectividad es del ¡95%!, eso está bien, ¿pero dónde están las salidas?»
Dejando el documento, Hamdi fuma nerviosamente su cigarrillo. «Lo de los abogados está bien, pero no será suficiente. Lo mismo las manifestaciones de artistas y profesores que se han hecho hoy aquí y allá. Todas las escuelas deben reaccionar. En el sindicato llamamos a una gran huelga de profesores de primaria y secundaria el 26 y 27 de enero». Silencio. En varias ocasiones responde al teléfono. «¿El 26 y 27 de enero?, ¿dentro de tres semanas?». Mi pregunta le deja pensativo. Hamdi me indica: «Falta mucho, sí. No estoy seguro de que no sea demasiado tarde. Se lo he dicho a los dirigentes del sindicato, pero están muy vinculados al poder. Creo que de aquí a entonces puede ocurrir el levantamiento de todos los barrios pobres de las ciudades del centro y del sur».
Sábado, 8 de enero
Tozeur
La información en tiempo real en France24 y Al-Yazira
Debo inspirar confianza. Ando solo desde hace dos días, tengo que encontrar un guía y traductor. Nacido en Kairouan, Wael, de 45 años, es perfectamente francófono. Lo encontré en un café en Tozeur mientras él miraba Al-Yazira, aceptó hacerme de traductor quedándose conmigo durante varios días. Sabe que nuestro recorrido pasará por ciudades conflictivas, pero acepta el riesgo. Desde hace más de quince años, este albañil de profesión completa sus ingresos como conductor de 4x4 por los circuitos turísticos en la región de Tozeur. «Curro al día, de vez en cuando, sobre todo en verano, generalmente en misiones que van desde las cinco de la mañana hasta la media noche, me pagan 20 dinares tunecinos diarios [10 euros, ndlr] y sin saber nunca de antemano si me van a necesitar», precisa. Casado desde hace dos años, sin hijos, Wael mantiene con su salario a su mujer (sin trabajo), a sus dos hermanos menores (en el paro) y a su madre de 72 años, viuda desde hace diez.
Cuando llega por la mañana temprano Wael me cuenta que durante una buena parte de la noche ha seguido la actualidad en árabe en Al-Yazira y France24, las dos cadenas en lengua árabe más vistas en Túnez. «Hablan de las tensiones que hay desde el 19 de diciembre», me dice, «pero sus reportajes y debates ahora son muy elevados. Me enteré de que se ha censurado el periódico francés Le Monde en el país y de que a su periodista no le dan permiso para venir a Túnez. Han tenido lugar violentos enfrentamientos esta noche en Kasserine. Hablan de cinco muertos, entre ellos dos jóvenes». Después, tomando el volante, Wael intenta precisar: «Hay que tener cuidado. Podemos pasar a Redeyef, pero sobre todo no subir hacia Kasserine y Thala: la represión se ha vuelto muy severa allí. Iremos por Gafsa. Es más seguro».
Redeyef,
«¡Nunca pronuncies en público el nombre de Ben Alí!»
Redeyef, 11 h. La ciudad minera del gran yacimiento de fosfato gestionado por la Compañía General del Fosfato (CGP), en el corazón de la gran gobernación de Gafsa, vive horas aparentemente tranquilas. Un tren en miniatura, locomotora y vagones de transporte del mineral, preside como una escultura en medio de la encrucijada, cerca del bazar. «Aquí todo el mundo, o casi, trabaja en la mina o en las empresas de subcontratación», me informa Wael. En 2008, la gran huelga del «pueblo de las minas» de Redeyef (ver «Révolte du ‘peuple des mines’», de Karine Gantin y Omeyya Seddik, Le Monde diplomatique, julio de 2008) dio a conocer la ciudad (40.000 habitantes) mucho más allá de las fronteras tunecinas.
Un pequeño restaurante de barbacoa cerca del centro de la ciudad. La sala está vacía. Encima de la caja, el eterno retrato del arrogante Ben Alí con traje oscuro, el cabello teñido y a su lado una enorme bandera de Túnez. Dos hombres vienen a almorzar. Se instalan a nuestro lado. Wael me hace una señal de que podemos hablar: el código se estableció hace una hora, en el coche.
Nuestro primer vecino, Meher, de unos cincuenta años, trabaja en una empresa de logística subcontratista de la CGP; el segundo, Ala, próximo a la jubilación, en la mina desde hace treinta años. Discusión sobre el desempleo y los salarios. «Ya en 2008 la huelga empezó aquí con la cuestión del reclutamiento de los jóvenes para la mina», precisa Ala. «Los sueldos de la CGP son bastante buenos», continúa Meher, «pero el número de personas que viven de ella crece sin cesar».
Progresivamente, la conversación deriva hacia la situación del país. Sidi Bouzid, Kasserine, Thala: ¿Quiénes son los agitadores? «Los jóvenes que se buscan la vida, sencillamente», lanza Meher. «Las ciudades más pobres del país, aquéllas a las que el régimen tiene abandonadas desde hace veinte años», añade Ala. En el calor de las opiniones cada vez más libres, señalo con el dedo el retrato del presidente de Túnez diciendo: «¡Ben Alí no estará muy contento!»
Silencio súbito, pesado. Ala y Meher no han terminado su comida, pero se levantan, recogen sus cosas y abandonan el restaurante sin una palabra. «No es necesario hablar así», se altera también Wael, mi traductor. «Puedes hablar de cuestiones sociales, suavemente, pero no pronuncies nunca en público el nombre de Ben Alí, ¡Nunca más!
Metlaoui
«La inmolación se ha convertido en el símbolo de nuestra revolución»
15 h. Llegamos a Metlaoui (50.000 habitantes) después de pasar la otra ciudad minera, Moulares. La carretera está bordeada de inmensas estructuras aéreas cerradas, destinadas al trasporte del fosfato. Un autobús nos cierra la carretera. La parada se prolonga. Sube un guirigay. La gente empieza a aglomerarse. A cien metros de nuestro coche una decena de jóvenes acaba de salir a la calle llevando una camilla metálica sobre la que yace el cuerpo de un hombre cubierto con una tela roja y blanca. «Es el joven que se inmoló hace dos días», me avisa Wael. «Van a enterrarlo». Silenciosa, la manifestación todavía no reúne más que a una veintena de jóvenes. Primeras fotos.


Funeral de Mosbah Al Jawhari, que se inmoló el 6 de enero
Volvemos al coche y rodeamos por las callejuelas, lejos del zoco adonde se dirige el cortejo. Dejo a Wael con el coche al sur de la ciudad para subir hacia el centro a través del zoco. Por todas partes los comerciantes colocan deprisa sus puestos. Muchos se extienden hacia los barrios del sur. Remontando el denso flujo de hombre, mujeres y niños mezclados, un grupo se dirige hacia la gran arteria del centro de la ciudad. La calle se vació. A la izquierda, la cabecera de un cortejo avanza. Ahora son entre cuatrocientas y quinientas personas, sobre todo jóvenes.
Ningún eslogan, ninguna pancarta. Algunos gritos de mujeres de vez en cuando, esporádicos. Los rostros están tensos, serios. Ahora distingo perfectamente el cuerpo del difunto. Mi vecino se inclina hacia mí: «Es la tercera persona que se inmola. Hubo otro en Sidi Bouzid hoy mismo, un padre de familia de 50 años. La inmolación se ha convertido en el símbolo de la revolución». Más fotos. Una, dos tres… Justo antes de que una mano firme me agarre por la espalda. «Dame tu cámara», me lanza nerviosamente un joven de unos treinta años vestido de cuero negro. Me niego. Exijo que me enseñe su placa de policía. Rápidamente se unen cuatro hombres más que intentan impedirme que guarde la cámara en mi bolso. Fracasan.
Hacen varias llamadas por los móviles. El cortejo pasa ante nosotros. Se dirige al cementerio. «Va a venir un oficial de policía, síganos», ordena el policía vestido de civil. Un poco más allá el grupo me obliga a entrar en una tienda de fotografía. «Deja tu cámara, necesitamos las fotos. En Túnez no tienes derecho a fotografiar los edificios oficiales». Exijo que me dejen esperar al oficial con su placa. Con la mano en el bolso tuve tiempo, andando, de sacar discretamente la tarjeta de memoria y la escondí en un calcetín al atarme los cordones de los zapatos.
Llega el oficial, presenta su credencial y entrega mi cámara al gerente de la tienda –vacía. «¿Dónde está la tarjeta?», me increpa con rabia el oficial. «Olvidé ponerla esta mañana». La respuesta le pone nervioso. Duda, hace varias llamadas de teléfono. Nadie se atreve a registrarme. Terminan por dejarme marchar, con mi cámara, después de exigirme el pasaporte y apuntar mi identidad.
Wael me sigue esperando al sur del zoco. Enfilamos hacia Gafsa. En el coche se muestra serio. «Es muy arriesgado, abandono», me suelta. Por primera vez le veo asustado, como si estuviera evaluando lo que está ocurriendo en su país. Nos ponemos de acuerdo en que cuando lleguemos a Gafsa tomará un autobús para volver a su casa.
II. La indignación ante la represión policial
Domingo, 9 de enero
Gafsa
«¡La UGTT tiene que dar consignas!»
8 de la mañana ante la sede de la unión regional de la UGTT. Desde que he salido del hotel todo el tiempo me sigue un joven en moto, con casco y un pañuelo negro sobre el rostro. No me perderá de vista hasta que salga hacia Sidi Bouzid. Con una aglomeración de 150.000 habitantes, Gafsa es una de las mayores ciudades del país. Una quincena de personas discute en el pequeño patio del edificio sindical. El caso del inmolado de Metloui y el del segundo en Sidi Bouzid se han confirmado.
«Sobre todo en los barrios de Kasserine es donde está hora el jaleo», dice un delegado local de la UGTT. «Incluso han enviado al ejército. Es la primera vez desde el 17 de diciembre». A su lado, una mujer toma la palabra. De unos treinta años, es militante del Partido Democrático Progresista (PDP), una formación opositora legalizada desde 1988 pero que boicoteó las últimas elecciones y no tiene representantes en la Cámara de los Diputados. «¡Estoy harta de que la UGTT no se mueva! Es una traición. Los tunecinos lo recordarán», dice con virulencia.
La discusión se anima. «La dirección nacional de la UGTT está corrompida desde hace años», replica Skader, de 26 años, otro militantes del PDP. Tenemos que desbordarles localmente y obligarles a organizar reuniones y a convocar la huelga general». Hasta ahora la dirección nacional del sindicato no ha tomado ninguna posición oficial sobre los sucesos de Túnez. Aquí, en Gafsa, el escenario de un «desbordamiento» por la base es casi imposible, ya que el líder regional del sindicato ha demostrado una lealtad total al poder central. «Si conseguimos movilizar a los mineros, toda la cuenca puede bascular y hacer que caiga Ben Alí», asegura Skader.
En este círculo de militantes asociativos, políticos y sindicales, el tono se ha vuelto claramente político. La revolución social está a punto de convertirse en una protesta política contra el régimen. «Detrás de la cuestión del desempleo debe destacar la denuncia de un régimen liberticida que funciona como una mafia desde hace veinte años», afirma Skader.
Sidi Bouzid
«¡Mohamed no ha muerto en vano!»
Salgo de Gafsa parándome varias veces para pedir la dirección de Sfax. El joven que me seguía seguramente me ha oído. Después, aprovechando una larga avenida sin tráfico, acelero dejándole lejos detrás de mí. En la primera rotonda me desvío hacia Kairouan, en dirección a Sidi Bouzid.
Mediodía. La pequeña ciudad de Bir El Hfey (15.000 habitantes), a 60 kilómetros al norte de Gafsa, está en plena actividad comercial. Rica en frutas y verduras, famosa por su carne de cordero, esta comunidad situada en el corazón de la gobernación de Sidi Bouzid disfruta de tierras fértiles regadas por el río El Chaca, uno de los más grandes del país. «Puede pasar a Sidi Bouzid», me asegura un mesonero. «La policía está por todas partes, pero ahora la ciudad está en calma».



Veinticinco kilómetros más al nordeste aparece la señal «Sidi Bouzid» a lo largo de una carretera bordeada de casas bajas sin ático, la mayoría inacabadas. Una comunidad en obras marcada por el desempleo y la represión policial, incluso antes de los enfrentamientos de diciembre de 2010. Cerca de la gran mezquita, dos decenas de policías con cascos y armados, miembros de las Brigadas de Intervención de la Gendarmería (BIG) y de las Brigadas de Orden Público (BOP) están apostadas cerca de la comisaría.
Separado, el barrio popular de Ennour Gharbi es un auténtico suburbio. Fachadas deterioradas, basura en las calles, niños que corren entre bolsas de plástico. Es el barrio donde vivía Mohamed Bouazizi. Sus tres hermanas, su madre, su tío y dos de sus tres hermanos viven en una modesta casa. Tras discretas negociaciones aquí y allá, sin dejar de vigilar los rostros que podrían corresponder a policías de civil, Zied, un muchacho de 25 años, decide ayudarme. Haciendo largos desvíos por el barrio, me lleva hasta la casa.
Es una sola pieza con cojines en el suelo. Leila, la mayor de las hermanas de Mohamed me agarra por la manga «Mohamed no ha muerto en vano», me dice con los ojos húmedos. Mire lo que está pasando en el país. ¡Es inaudito!». Durante tres cuartos de hora las hermanas y la madre de Mohamed me cuentan su historia, la historia de todos ellos. Después con el tío, instalado aquí desde la muerte del padre de familia, hace quince años, vamos en coche hasta la tumba del difunto, situada a 20 kilómetros al norte de Sidi Bouzid.


La familia de Mohamed Bouazizi en su casa
Samia, de 15 años, Basma, de 19, Leila, de 24 y Manoubia, su madre, de 55, se colocan ante un ordenador prestado por un vecino. En la pantalla, la foto de Mohamed en una boda, en Facebook.
Bir El Hfey
«¡Está en nuestra casa, hará lo que le digamos!»
17 h., regreso a Gafsa por Bir El Hfey. La lección de Métlaoui todavía está grabada en mi cabeza. La tarjeta de mi cámara fotográfica ya está a salvo. A la salida de Bir El Hfey dos coches me cierran el paso. Bajan ocho hombres. «Su cámara, por favor» Exijo que me enseñen sus placas de policías. El jefe del grupo, un hombre de unos sesenta años, toma su móvil y discute largamente en árabe. Permanecemos en la orilla de la carretera una media hora.
«Síganos al puesto», dice de repente el que parece el jefe. Sube en mi coche y me ordena que aparque justo delante de la comisaría de la ciudad, a la orilla de la carretera. Una decena de policías vestidos de civil nos esperan, apostados delante del edificio. «Aquí tiene a la policía. La cámara, por favor». Todavía exijo una orden oficial para entregar mi cámara. Los policías de civil no me dejan entrar en la comisaría. Nuevos telefonazos. El jefe ha tomado mi pasaporte y espera noticias. Una orden seguramente. Forzosamente ya habrán establecido la relación con Metlaoui.
Todavía una hora delante del puesto. Espera interminable. Hacia las 18:30 h., cuando ya hace un rato que cayó la noche sobre Bir El Hfey, cuatro de mis guardias de paisano se arrojan súbitamente sobre mí e intentan arrancarme a la fuerza mi cámara guardada en mi bolso. Aferro mi chaqueta con la mano derecha para proteger mi material: «¿Qué hacen?, ¡He pedido una orden formal de un oficial de policía!»
Clavándome el codo derecho, esta vez el jefe del grupo ladra: «Está en nuestra casa, hará lo que le digamos». Me defiendo diez minutos hasta que uno de los hombres saca una porra de madera y me asesta un violento golpe en la mano derecha. Debido al dolor suelto la tela de mi bolso y los hombres huyen con mi cámara. La tarjeta sigue en el cuello de mi chaqueta. Por teléfono, el consulado de Francia me aconseja que me ponga a salvo. Me lanzo hacia mi coche y salgo disparado en dirección a Gafsa.
En mi retrovisor cuatro faros no tardan en rasgar la noche. Están como a un kilómetro detrás de mí. Con mi pequeño Chevrolet alquilado en el aeropuerto de Túnez, no tengo elección: 180 kilómetros por hora por esa carretera desierta, en plena noche, con una sola mano válida para sujetar el volante. Con el miedo en el cuerpo. Con la certeza de que van a cazarme aquí, en pleno desierto, solo. Y podrían hacer lo que quisieran… Treinta minutos que duran una eternidad. Media hora de angustia esperando las primeras luces de Gafsa. Por fin: demasiados testigos. Sus faros desaparecen detrás de mí. Dirección, el hospital de Gafsa.
Lunes, 10 de enero.
Gafsa
«Los francotiradores disparan a los jóvenes líderes a la cabeza»

Noche en Gafsa, bajo la protección de unos sindicalistas de la UGTT que me recogieron del hospital la noche anterior. Nueve de la mañana, ante la sede del sindicato. El joven en moto vuelve al servicio. Esta vez los sucesos de Túnez se discuten por todas partes. En los cafés, en Al-Yazira y France 24, hasta delante de las escuelas donde profesores y alumnos se reúnen regularmente. Pero, como de costumbre, nada en la prensa ni en las radios oficiales. Tras la agresión de Bir El Hfey, Karim, de unos sesenta años, miembro de Amnistía Internacional y simpatizante del movimiento de oposición legal Ettajdid («Por la renovación»), representado por dos diputados en la Cámara, se ofrece a acompañarme hasta Túnez.
«El presidente hablará por la televisión al mediodía, por segunda vez desde diciembre de 2010», me indica (la primera intervención de Ben Alí tuvo lugar el 28 de diciembre). Las autoridades declaran catorce muertos desde el 17 de diciembre. Pero las asociaciones humanitarias y los partidos de la oposición hablan de más de treinta. La víspera hubo enfrentamientos en la comunidad de Regeb, cerca de Sidi Bouzid: dos muertos y decenas de heridos. Y como siempre detenciones masivas.
En el pequeño patio del sindicato continúan las discusiones entre los militantes. Ahora hay unos cien, revolucionados por las noticias de la noche. «Circulan las fotos y los vídeos por Facebook», me explica Skader, el militante del PDP con el que me encontré la víspera. «Apostados en los tejados de los edificios, los francotiradores disparan a la cabeza a los jóvenes líderes de los motines». Como un reguero de pólvora, esta noticia da la vuelta a Túnez transmitida por Facebook, los teléfonos móviles y miles de mensajes electrónicos. Meknassy
«¡Ya nadie cree las promesas del presidente!»
16 h. A medio camino entre Gafsa y Sfax me detengo con Karim en la pequeña ciudad de Meknassy. La radio acaba de anunciar la retransmisión del discurso de Ben Alí. Desde el 6 de enero es la primera vez que oigo hablar de los sucesos en las emisoras oficiales. Nos instalamos en un café ante la pantalla de la televisión. A nuestro alrededor unas veinte personas, jóvenes y mayores, miran la televisión. Los rostros están tensos. Un pesado silencio se cierne sobre la ciudad.
El rostro del presidente está serio, el tono seguro, las declaraciones en árabe académico. «Actos de terrorismo», «elementos extranjeros», las primeras palabras de Ben Alí hacen reaccionar a los asistentes. Hay dos policías de civil en la sala. Nadie se contiene, se pone atención, escuchamos de nuevo a Ben Alí. Después el presidente promete la creación de «300.000 empleos en dos años», «reuniones de concertación» con todas las autoridades locales, una «comisión de investigación»… La intervención ha durado menos de diez minutos. «Vámonos», me dice enseguida Karim. Los policías de paisano acaban de empezar a efectuar arrestos en el café.
En el coche Karim interpreta la intervención presidencial. «Ha aflojado un poco, pero ya nadie en Túnez cree en las promesas del presidente. El empleo, la concertación: es lo mismo que dice desde hace veinte años y nunca ha dispuesto los medios para hacerlo. Desde esta tarde, y mañana, seguro que continuarán las manifestaciones».
Sousse
«Es vergonzoso permitir que se masacre a los jóvenes pobres»
20 h., estamos en un restaurante de Sousse, una de las grandes ciudades turísticas del Sahel tunecino (650.000 habitantes). Karim habla con sus amigos por teléfono. «Ahora es en Gafsa», me anuncia. «En los barrios populares de El Ksar. Dos muertos, los bancos saqueados, detenciones». El mismo escenario se reproduce y se extiende. «En Kairouan también, y lo mismo en Gabes y Douz», continúa Karim. Las ciudades han llegado hasta aquí conteniendo la cólera social.
Nesrine, la hija de un amigo de Karim y una amiga suya, Nadia, se unen a nosotros. Ambas tienen 24 años y han venido de Gafsa para seguir sus estudios superiores en Soussa. Arregladas, vestidas al estilo occidental, ambas estudiantes –una de medicina y la otra de informática- tienen conciencia de formar parte de la clase media que se desarrolló en el país desde 1990. «Creo que Ben Alí está mal aconsejado», comienza Nesrine. «Es un buen presidente, pero se ha dejado influenciar por su segunda esposa, Leila. Son ella y el clan de los Trabelsi quienes dirigen y saquean las riquezas del país».
A su lado, Nadia es más discreta. Escucha a su amiga. Opina de vez en cuando. Pero con respecto a los francotiradores y la represión de los jóvenes desde hace tres semanas es intransigente: «El paro afecta sobre todo a los barrios populares», dice con la voz firme. «Aquí, en Sousse, la gente tiene trabajo. Pero si la policía continúa utilizando a esos francotiradores y mata sistemáticamente a los jóvenes, nosotros también nos moveremos. ¡Estamos en una democracia o qué! Es vergonzoso consentir que masacren todos los días a los jóvenes que se buscan la vida ante nuestros ojos».
III. El movimiento político
Martes, 11 de enero.
Túnez
«¡Esta vez se moverá Túnez!»
La capital. 11 h., de la mañana. Aparte de algunas manifestaciones de abogados, profesores e intelectuales, Túnez permanece en calma desde el comienzo de los acontecimientos. Karim me propone ir a los locales del movimiento Ettjdid, en pleno centro de la ciudad. La víspera por la noche, temiendo que el movimiento se extienda a las escuelas y universidades, el gobierno anunció el cierre total de todos los centros escolares del país.
Durante la jornada varios periodistas franceses y españoles se presentan en los locales. Especialmente la corresponsal de RFI en Marruecos, llegada esa misma mañana y autorizada oficialmente para trabajar en Túnez como «periodista». Me entero de que la víspera el corresponsal de Figaro estaba en Túnez. La situación se afloja. Finalmente el régimen ha comprendido que ha perdido la batalla de la comunicación. Cierto, los sitios donde se comparten los vídeos, YouTube y Dailymotion, siguen censurados, como la mayoría de los sitios que consulto («Error 404»), pero visiblemente Ben Alí ha decidido soltar un poco de lastre ante las informaciones que, de todas formas, pasan por Internet desde hace quince días.
Esta vez los periodistas oficiales hablan en primera plana del discurso que dio el presidente el día anterior. Artículos muy formales, pomposos, sin comentarios. La palabra para los funcionarios del régimen. Lo mismo en algunas emisoras de radio. Sin embargo, no impedirán que «eso mueva a la UGTT», me anuncia Salmi, un ejecutivo del movimiento Ettjdid. La dirección nacional se ha posicionado por primera vez declarando «legítimo» el movimiento de los jóvenes. Y ha condenado la represión policial. Varios militantes y personalidades de la oposición pasan por las oficinas de Ettjdid. Un corresponsal español incluso tiene ahí su domicilio desde hace una semana.
Hacia las 17 h. Nadhir, de 24 años, un joven estudiante de la Unión General de los Estudiantes de Túnez (UGET), el gran sindicato estudiantil fundado en 1953 y prohibido desde hace muchos años, se subleva contra el cierre de las universidades. «Tenían miedo de que nos uniéramos al movimiento», precisa. «Y es cierto que sin los locales de las escuelas y universidades es difícil reunir a los estudiantes y celebrar las asambleas». Pero Nadhir no pierde la esperanza: «Los barrios populares de Túnez [ciudades dormitorios de casi 500.000 personas] no están cerrados. Tengo la información. Esta vez se va a mover Túnez». La misma noche, bajo presión, los dirigentes de la UGTT anuncian que autorizan a algunas dirigencias regionales, entre ellas la de Sfax, a organizar localmente la «huelga general» desde el miércoles 12 de enero. El viernes 14 de enero será el turno de la capital.
Miércoles 12 de enero.
Sfax,
«El sábado estaremos todos en Túnez»
Rumbo a Sfax, 11 h. Yasmina, de 27 años, llegó temprano a la ciudad costera y turística de Sousse. Dos horas de coche por la autovía para llegar a Sfax, la gran ciudad portuaria del sur (con Gabès), situada a 300 kilómetros al sur de la capital. Con casi 500.000 habitantes es la segunda ciudad de Túnez y su puerto más grande después de Bizerte. «Ya es hora de que el sindicato desbloquee por fin la situación y entre en acción», indica Yasmina.
Alrededor de ella, en una placita del centro de la ciudad, lejos de los muelles, se han reunido cientos de jóvenes, profesores y trabajadores. Circulan los periódicos. Todos dan las noticias. «Hay que ir a Túnez esta noche», dice un manifestante. «Sí, incluso han desplegado al ejército en la capital», añade enseguida su vecino. «¡Lo nunca visto desde el golpe de Estado de Ben Alí en 1987!». Por todas partes se bajan las correderas de los comercios, se cierran los cafés, se clausuran los kioscos. «Es un éxito, casi el 90% de los habitantes de Sfax han respondido a nuestra llamada», se felicita Mohamed, de unos cincuenta años, militante de la UGTT local de los ferroviarios.
La situación económica y social en Sfax, sin embargo, es muy diferente de la de las ciudades del centro y el oeste del país. Aquí no hay enormes barrios populares estragados por la miseria y el desempleo. Ciudad próspera y puerto floreciente, desde hace casi dos siglos Sfax es una ciudad comercial dinámica gracias a los olivares, el ferrocarril y el transporte marítimo del fosfato. «Es una ciudad de burgueses y clase media», explica Mohamed. «Pero la gente está harta. La violencia del régimen contra los jóvenes de Kasserine o Sidi Bouzid han acabado por sacarlos de quicio también a ellos».
De repente, cerca del sindicalista dos jóvenes estudiantes se alarman «¡Están disparando en el barrio sur!», dice uno de ellos. Los teléfonos móviles funcionan a pleno rendimiento. «¡En Douz dos muertos!». Tensa, Yasmina escucha. Toma también su móvil. Todos escuchan. Todos se preocupan: «Hacen otras cosas en vez de escucharnos», dice Yasmina colgando. «Era una amiga en otro barrio de Sfax. Confirma que acaban de matar a un joven».
Yasmina forma parte de esa clase media que hasta ahora se ha beneficiado de la buena salud económica del país. «Es la primera vez que me manifiesto», me confía. «Aquí, el régimen va muy lejos. No son sólo los jóvenes desempleados quienes se van a mover, sino todos los tunecinos los que saldrán a la calle. El viernes todos estarán en la capital».
Regreso a la capital. Este mediodía Ben Alí anunció la destitución del ministro del Interior, Rafik Belhaj Kacem. Es la segunda remodelación desde diciembre. Otras seguirán. Según las autoridades, el número oficial de muertos llega a veintiuno en todo el país. Pero la sede de la Federación Internacional de los Derechos Humanos (FIDH) en Túnez habla «de al menos treinta y cinco muertos y miles de heridos y detenidos». Se ha decretado el toque de queda en Túnez y su periferia.
Jueves, 13 de enero.
Túnez
«Ningún tunecino podrá perdonar a Ben Alí»
Muy pronto por la mañana. Después de una primera noche de toque de queda, los vehículos del ejército continúan recorriendo los grandes ejes de la capital tunecina. Delante del ministerio del Interior, una treintena de policías uniformados montan guardia en la avenida Bourguiba. Las terrazas de los cafés empiezan a llenarse «¡Qué caos!» Al volante de su taxi, Mourad, de 48 años, despotrica en un mal francés. En el primer semáforo se inclina y saca de debajo de su asiento un trozo de madera del tamaño de un bate de béisbol «¡Mire con lo que hay que trabajar ahora!» dice harto. ¿Miedo de los motines? ¿De los jóvenes encolerizados? «No, ¡de eso nada! Es para los policías, ellos son los matones en Túnez».
Nacido en Kairouan, en el centro del país, este hijo de comerciante no estudió. Después de probar suerte en hoteles y comercios del Sahel (la costa tunecina), vino a Túnez en 1992 gracias a su padre y sus hermanos que le ayudaron a comprar su licencia de taxi. Y después «treinta años de endeudamiento», explica. «De todas formas, todo el mundo está muy endeudado en este país» En la radio, un periodista recuerda los principales sucesos de la víspera: «Dimisión del ministro del Interior», «apertura de una comisión de investigación sobre la corrupción», «huelga general en Sfax, numerosos heridos y dos muertos», «cinco muertos en Douz». Mourad escucha con atención.
«No dicen nada de los nuevos enfrentamientos de esta noche en Ettadhamen. Yo vivo allí, sé de qué hablo». Ettadhamen, una de las ciudades dormitorios de Túnez. Un barrio popular inflado por oleadas sucesivas del éxodo rural que empuja hacia la capital a miles de tunecinos desde hace decenios. Con las ciudades vecinas, casi 450.000 habitantes abandonados de los planes oficiales de la economía tunecina. «Esta noche nos han vuelto a despertar los disparos de la policía. Esta mañana he visto más autobuses y coches convertidos en chatarra. ¡Y nada en los periódicos!»
De repente Mourad decide hacer un recorrido para mostrarme su ciudad. El tráfico todavía no satura la capital. Es muy pronto. En una media hora llegamos a las calles de Ettadhamen que Mourad quiere mostrarme «Mire ahí», me dice señalando la carcasa calcinada de un autobús. Alrededor, las fachadas de las casas y comercios todavía ennegrecidas por los enfrentamientos de la noche. «Es la segunda noche de motines aquí. La próxima arderán todas las ciudades», comenta Mourad. Alrededor del taxi pasan jóvenes corriendo. A cien metros la policía ha levantado una barrera. «Es mejor que nos vayamos».
Media vuelta hacia el centro de la ciudad. Silencioso, el conductor vigila la carretera. Apaga nerviosamente la radio y despotrica contra un hombre que pasa justo delante de su vehículo. Después retoma el hilo de sus pensamientos. «Mañana es la huelga general en Túnez. Todo el mundo estará en la calle. En todo caso yo estaré. Y no conozco a nadie que no piense estar». ¿Será el fin del régimen de Ben Alí? Mourad no lo duda ni un segundo «Se acabó», dice sombrío. «Esta vez es el fin. Debió hacer las cosas antes. Ya es muy tarde. No podemos permitir que el clan de los Trabelsi [la familia de la segunda esposa del presidente Ben Alí, ndlr] siga saqueando el país como lo está haciendo. Bancos, hoteles, empresas de telecomunicaciones, agencias de automóviles… Se han apoderado de todo. Ya es muy tarde. Ningún tunecino le perdonará».
Túnez capital
Los francotiradores de Túnez-Cartago

Desde hace varios días los medios de comunicación e Internet hablan de que se han visto francotiradores en Thala, Kasserine y Douz. Las imágenes circulan por Facebook borrosas, imprecisas. Apostados en las terrazas de los edificios, esos tiradores serían los causantes de numerosas muertes entre los jóvenes manifestantes. La noticia ha contribuido ampliamente a la rebelión de los tunecinos frente a la represión policial que azota al país desde hace varios años.

¿Rumores? 9:40 h., jueves 13 de enero, delante de la entrada del aeropuerto de Túnez-Cartago. Después del toque de queda, los taxis depositan aquí a las olas de turistas y hombres de negocios que quieren abandonar el país. Tres 4x4 de color gris metalizado, con los cristales tintados, acaban de llegar a la puerta principal. Bruscamente, a la carrera, unos diez militares en uniformes de camuflaje y con chalecos fluorescentes salen del aeropuerto. Equipados con largos maletines negros y pequeñas maletas grises, suben a los 4x4 que parten en tromba. Cronometrada, la escena duró menos de un minuto.

Dentro, las caras ansiosas de los viajeros se vuelven a las pantallas de avisos. El vuelo de Air France de las 9 h. se ha anulado, los de Tunis Air están en dudas. En el bar de la planta de llegadas Pierre H. espera a los «colegas» que deben venir a buscarle. Este ex oficial francés, de unos sesenta años, prefiere no revelar su actividad profesional. Pero se fijó en el grupo de militares que acaba de ver atravesar el vestíbulo del aeropuerto.

«Seguramente sudafricanos, dice sin dudarlo. Esos maletines los conozco bien. Fusiles para francotiradores. Las pequeñas maletas grises son para las municiones» ¿Por qué de Sudáfrica? «¿Ha visto sus cabezas? Todos blancos. Son mercenarios entrenados allí. Su tarifa es de 1.000 a 1.500 dólares diarios».

La misma noche, de regreso en París, me entero de que el presidente Ben Alí se ha dirigido por tercera vez a los tunecinos. Esta vez con la cara demacrada, el presidente anuncia la liberación de las personas detenidas durante los enfrentamientos con la policía y el final de la censura informativa. No tiene nada que hacer. El recuento de la FIDH ha llegado ahora a los sesenta y seis muertos. Ya no hay vuelta atrás. A pesar del nuevo toque de queda, las revueltas continúan en Túnez y en el resto del país. Veinticuatro horas después, tras un último discurso, en dialecto árabe esta vez, durante el cual aseguró que no se presentará en 2014, Ben Alí huye de Túnez…
Karim me dejó el jueves 13 de enero antes de mi salida hacia el aeropuerto. Quiero darle las gracias calurosamente por los riesgos que asumió al acompañarme. Padre de familia, encarcelado en dos ocasiones por la policía de Ben Alí, nadie mejor que él sabe de lo que es capaz la policía tunecina. Desde el 14 de enero me envía información todos los días.
Sin su ayuda, y sin la de Wael antes, nunca habría podido permanecer en Túnez hasta el 13 de enero y recabar todos estos testimonios. También tengo que dar las gracias a todas las tunecinas y tunecinos que accedieron a hablar conmigo durante mi estancia.


Fuente: http://blog.mondediplo.net/2011-01-19-La-semaine-qui-a-fait-tomber-Ben-Ali



Nota Esta és la Crónica de una REVOLUCION en marcha.........y ya llegaron los “ Perros de la Guerra “; mmmmmm...........caritos verdad 30.000 mensuales........la tarifa era de 10.000 más seguro de vida y bono de 15.000 al finalizar.......a según “ Soldier of Fortune “......
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Mensaje por Gerardo el Vie 28 Ene 2011, 6:42 pm

Sera interesante ver el efecto dominho en los demas paises arabes, como marruecos, Yemen y jordania
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Mensaje por Chaco el Vie 28 Ene 2011, 9:19 pm

Amigos como me suena lo de los francotiradores para generar zozobra y enervación en la población, será por eso que compraron los draguonosf para pagarles a esos francotiradores con la misma moneda pero en contra de ellos, tratan de ser reincidentes.

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